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Si dejamos entre paréntesis Isla de perros (2018; heredera directa de Fantástico Mr. Fox, 2009), la nueva película de Wes Anderson vendría a ser algo así como la versión hiperbólica de El gran hotel Budapest (2014). La cajas escénicas, la simetría obsesiva de encuadres y composiciones, el juego constante con diferentes formatos y tamaños de pantalla, el tránsito continuo del color al blanco y negro, y viceversa, las viñetas propias de un cómic, los movimientos y miradas mecanizadas de los personajes, la velocidad de un relato en off hípervitaminado y capaz de abrir una línea narrativa distinta casi por minuto…  En definitiva, todos los más acusados y definitorios rasgos de estilo del cineasta confluyen aquí multiplicados por diez o por veinte, pero lo hacen de manera tan controlada, tan minimalista y tan virtuosa como abigarrada y sofocante y, por momentos, también considerablemente confusa en términos narrativos. Lo que el cine de Anderson gana, con este nuevo peldaño, en maestría compositiva y en precisión de trazo, lo pierde en la definición de los personajes, en la encarnadura de la historia y en la profundidad de la mirada. Desde este punto de vista, The French Dispatch es un buen ejemplo de lo que, en muchas ocasiones, les termina ocurriendo a ciertos autores con un estilo muy marcado (les ocurrió también, incluso, a creadores tan decisivos y tan grandes como Manoel de Oliveira o Theo Angelopoulos). Y es que resulta casi inevitable ver aquí a Wes Anderson haciendo de Wes Anderson, en pleno dominio de su arte, de sus métodos y de su peculiarísimo universo personal (que este cronista admira, vaya por delante), pero también repitiéndose y autocopiándose, más seguro de sí mismo que nunca y, quizás por ello, menos interesante que otras veces.

En términos narrativos, la película encapsula –dentro de la presentación del periódico que da título al film (instalado en París, pero heredero de una publicación norteamericana)— tres historias diferentes que ofician como otros tantos reportajes periodísticos en los que atrevidos e insobornables reporteros consiguen arrojar luz sobre vicisitudes tan extravagantes como pintorescas. Tres historias herederas de los códigos propios de otros tantos géneros distintos, narradas con ritmo compulsivo, casi anfetamínico, y sin dejar respirar al espectador, que no se ha recuperado de una sorpresa visual cuando ya es asaltado por la siguiente. El peligro consiste en que The French Dispatch no es tanto una evolución como un repliegue de Anderson sobre sí mismo por un camino que, de tan controlado y vampírico como resulta en su diseño gráfico, termina descontrolándose en el terreno estrictamente creativo, mostrando a un cineasta que parece aquí devorado por su propia sombra estilística. Los incondicionales del autor disfrutarán como niños. Los espectadores con un cierto nivel de exigencia crítica, quizás se queden un tanto decepcionados por esta virtuosa ración de más de lo mismo.

Carlos F. Heredero

Al salir del visionado de una película como el nuevo trabajo de Wes Anderson es imposible escribir nada, porque la película no puede ser vista una sola vez, ni analizada en medio de la vorágine de un festival. The French Dispatch puede ser, tanto la mejor película de Wes Anderson, como también la más cercana al fracaso. Esta contradicción entre la búsqueda de la perfección y la vanidad de intentar conseguirla está en la clave de la propuesta. Estamos ante una película apasionante, que es preciso reivindicar en voz alta, siendo también un gran fracaso, porque las contradicciones son magníficas, geniales, estimulantes.

The French Dispatch quiere ser un homenaje a la revista The New Yorker, fundada por Harold Ross y su esposa Jane Grant, que acabaría convirtiéndose en un punto de referencia literario por cuyas páginas escribirían relatos de 12.000 palabras escritores como Alice Munro, John. D. Salinger, Vladimir Nabokov, Philip Roth o Woody Allen. Wes Anderson se inventa una versión francesa de la revista, renombrada The French Dispatch, con base en Texas, para articular una película dividida en tres relatos, a los que habría que sumarles un prólogo y un epilogo. Cada relato remite a un mundo particular. Desde el mundo de la bohemia vanguardista en el mundo del arte, a las manifestaciones y manifiestos del mayo del 68, pasando por el comic alocado con persecuciones policiales y referencias al universo gastronómico.

Cada segmento es un prodigio narrativo, en el que se suplantan las voces narrativas, se crean paréntesis formales y se desestructura frenéticamente el ritmo de la historia para después volverse a componer. Estamos ante un prodigio literario, pero lo de menos es como suena la palabra -la escritura mediante la voz en off- sino el universo visual que se representa. Wes Anderson lleva hasta el límite su estilo preciosista pasando de la viñeta gráfica al gag cómico, del relato extravagante al cómic más desenfrenado, sin olvidarse de jugar con referencias fílmicas salidas de los universos de Jacques Tati, Ernst Lubitsch o Jean-Luc Godard. Una mezcla posmoderna que busca la perfección, como si Anderson estuviera tallando una pieza de orfebrería con la que pretende alcanzar la quintaesencia de su estilo, como si todo su universo estallara para crear la más increíble fábula visual posible. Porque no existe ninguna duda de que nos enfrentamos ante la película más compleja, elaborada y estimulante que ha creado Wes Anderson.

Sin embargo, el tema no es la perfección, sino el fracaso. The French Dispatch se ahoga en su propio exceso. Es evidente que su naufragio es un gran acto de nobleza, incluso podríamos decir que una experiencia maravillosa, pero es cierto que entre tanta orfebrería hay aspectos que sucumben. Algunos pueden argumentar que lo que cuenta The French Dispatch no tiene demasiado interés, algo que no es verdad, porque Anderson es consciente de que además de diseñar un notable ejercicio visual quiere crear literatura visual. El fracaso se encuentra en el riesgo y este riesgo acaba dignificando la película. Casanova de Federico Fellini también fue vista como un fracaso tras Amarcord, pero sin embargo la quintaesencia del cineasta podíamos encontrarla en dicha obra. 2046 también transformó, por su exceso de ambició,n la carrera de Wong Kar Wai tras Deseando amar. Pero su exceso y riesgo eran la mejor receta. Podríamos continuar, hasta el infinito, con otros ejemplos que nos ayudarían a entender mucho mejor The French Dispatch, pero de momento quedémonos con la idea, aunque suene absurda, de que las mejores películas de determinados cineastas no son siempre sus mejores obras.

Àngel Quintana