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La simultaneidad en el estreno este mes de marzo –en el que se celebra el Día Internacional de la mujer– de tres títulos que plantean, desde el punto de vista femenino y a través de toda su valiosa heterogeneidad, una reflexión sobre la representación cinematográfica de la ‘cultura de la violación’ y el sentido del consentimiento, se produce apenas unas semanas después de que El País hiciera pública la denuncia por violencia sexual a Carlos Vermut a través del testimonio de tres mujeres. Una coincidencia que nos permite explicitar desde aquí nuestro apoyo incondicional a las víctimas y la firme denuncia de los hechos y de toda la estructura social e institucional que con su opacidad los sustenta, los protege y colabora a perpetuar la violencia y la desigualdad. Pero esta forma casual que relaciona lo cinematográfico con lo real nos permite a su vez profundizar en los dilemas que implica el propio gesto de la representación de esas agresiones mientras ponemos en cuestión el modo a través del cual han sido puestas en imágenes, hasta ahora, a través de la mirada de los hombres. Reivindicamos así, una vez más, la potencialidad del cine como herramienta valiosa para explorar lo complejo, para abrir el debate, para hacer avanzar el pensamiento y, sobre todo, para colaborar, también desde la responsabilidad que como revista asumimos, a romper con la indiferencia, el silencio o el olvido encubridor y cómplice.

La primera de estas tres películas dirigidas por mujeres, Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge, es de 1975, pero se estrena ahora, después de haber sido restaurada por el Academy Film Archive y la Film Foundation (y tras pasar por el Festival de Berlín), dando muestras de su incontestable actualidad y de su inmenso valor como propuesta precursora y avanzada a su tiempo. La distancia temporal entre esta y las otras dos cintas, How To Have Sex, de Molly Manning Walker (con quien además publicamos una entrevista), y Hotel Royal, de Kitty Green, ambas de 2023, nos permite trazar un cierto recorrido cronológico en lo que a la representación cinematográfica del consentimiento sexual se refiere. Un itinerario que, tal y como evidencia Áurea Ortiz Villeta en su artículo, arranca con la ruptura de la tradición masculina del western o el exploitation en las películas de la propia Coolidge, Chantal Akerman o Márta Mészáros y en las acciones de las artistas feministas de los setenta, pero que ha encontrado en los últimos años, en el territorio de las series de televisión (antes que en el cine) un espacio particularmente propicio y privilegiado para la búsqueda y la experimentación en este campo.

Pero hay varios elementos más que hacen fructífera la relación entre estos tres títulos. El primero tiene que ver con el hecho de tratarse, en todos los casos, de películas que parten de vivencias personales: autobiográficas las dos primeras y basada en la historia real que narra el documental Hotel Coolgardie (Pete Gleeson), la tercera. Se hace explícito de este modo la voluntad de hacer público lo íntimo para romper con una soledad marcada por el miedo, la culpa, el dolor, el silencio, la duda, el peso del estigma y la revictimización. La segunda cuestión tiene que ver con las formas fílmicas: mientras Coolidge opta por hibridar la ficción con la realidad que documenta el propio proceso de rodaje del film y todas las dudas que ello genera, Manning Walker encuentra en la ficción y en el imaginario del coming of age el camino posible para poner sobre la mesa ese territorio difuso y ambivalente del ‘solo sí es sí’ que presupone la afirmación como expresión libre y auténtica de la mujer obviando la presión, el miedo y la violencia estructural a que debe hacer frente. Green, por último, mira al género para desarticular la fetichización masculina del rape & revenge y situarse en un territorio de nuevo incómodo y confuso, sobre el que es esencial arrojar luz, como es el de la inseguridad permanente, que se expresa en el film a través de la incertidumbre de sus dos protagonistas frente a la tensión incesante y afilada que viven, y que evidencia el poder aún vigente de una sexualidad patriarcal que ha normalizado la violencia hasta el punto de hacer inidentificable la agresión por parte de la víctima.

Jara Yáñez