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Kirill Serebrennikov, director de la espléndida Leto, estuvo arrestado -en régimen de confinamiento domiciliario- por el presunto fraude del dinero de una subvención para un montaje teatral. Serebrennikov que, a parte de cineasta, es una de las figuras clave de la escena teatral rusa, ha rodado Petrov’s Flu después de su confinamiento, casi como si fuera una operación personal de catarsis frente al aislamiento y a las pesadillas generadas por su situación política. Petrov’s Flu es, como indica su título, una película en estado febril permanente. Parte de una novela del escritor estonio, Aleksey Salnikov, publicada en 2016, que generó una cierta polémica en Rusia porque los estonios no se miran como extranjeros respectos a si mismos -en el sentido de Camus- sino personajes encerrados en su mundo, para los que el infierno no son ellos, sino que son los otros. Petrov, el protagonista del relato, es un dibujante de comics que trabaja de mecánico, y que se encuentra delirando junto a su mujer -una bibliotecaria encargada de un club de lectura- y su hijo menor, a los que ha transmitido la gripe -u otro virus-. La fiebre -como metáfora también del COVID- altera el espíritu de cada uno. Afloran las imágenes del pasado, transforma su percepción del presente, las relaciones con su entorno. El mundo cotidiano adquiere unas reminiscencias fantasmagóricas.

En la película, los delirios se articulan en torno a la fiesta de año nuevo que, en la pequeña ciudad industrial rusa donde transcurre la acción, está enmarcada por el ritual de la Reina de las nieves. A partir de esta premisa, Petrov’s Flu estalla como un conjunto de imágenes incoherentes donde se mezclan deseos, sueños, pesadillas, ataques de violencia… en una especie de collage de imágenes delirantes y excesivas. No es preciso buscar una coherencia a las imágenes que no vaya más allá de la sensación de rabia e impotencia del director porque la obra es como si quisiera plasmar su pesadilla interior vivida, sumándole el sustrato de la novela  y mezclando imágenes de la extinta U.R.R.S. y de los años posteriores, surgidos de la Perestroika. El tono es excesivo, marcado por  una puesta en escena delirante, articulada a partir de numerosos planos secuencia. Durante toda la película vemos a esos “otros” vistos como extraños, en estado de borrachera permanente mientras estallan sus instintos más violentos. Todo acompañado de una banda sonora en la que la música de acordeón se entremezcla y fusiona con algunos apuntes de rock.  La borrachera visual y sonora acaba provocando al espectador una sensación de impotencia y extrañamiento. La película acaba superándonos, nos abruma, nos cansa y se incrusta en nuestro cerebro como una gran pesadilla. Pero ya lo dijeron hace años los viejos del lugar, cuando se vive un confinamiento demasiado largo, cuesta mantener la cordura.

Àngel Quintana