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Cada vez más encerrado en sí mismo, más férreo y más rígido, más vaciado de sustancia humana, el estilo de Wes Anderson corre el riesgo de acabar parodiándose a sí mismo: un peligro que ya anunciaba su película anterior (La crónica francesa, 2021) y que ahora prácticamente consuma Asteroid City, con la que su director vuelve a ofrecer un virtuoso ejercicio de autoimitación que deja poco resquicio para que las imágenes puedan respirar por sí mismas. La película nos sitúa primero (en blanco y negro y formato 1:1,33) ante un narrador que nos presenta a un autor de teatro y los preparativos que se hacen en el escenario para la representación de una obra que, acto seguido, se despliega en color y en formato scope para ocupar la parte sustancial del relato, si bien la historia regresa de forma intermitente al backstage en blanco y negro desde el que se comentan los avatares representados al otro lado…

Y ese otro lado es una pequeña población en medio de un desierto, en la Norteamérica de los años cincuenta, cuando las pruebas nucleares y la paranoia de los extraterrestres convivían en el país de Eisenhower de la prosperidad económica y de la euforia capitalista. Filmada junto a la madrileña ciudad de Chinchón, nada queda de ella en las imágenes hiperestilizadas, en las viñetas de colores pastel y de línea clara dentro de las que, en rigurosos y asfixiantes encuadres simétricos, desfila una inacabable lista de estrellas a quienes Anderson nunca deja espacio para componer sus respectivos personajes porque sus figuras han devenido ya meros maniquís ‘andersonianos’, tan reconocibles en su carcasa exterior como carentes de todo pálpito interior. La propuesta metanarrativa de la construcción se agota en sí misma y apenas tiene sustancia, y el conjunto naufraga por acumulación, por autocomplacencia y por el manierismo afectado que todo respira. Para los que amamos películas como Moonrise Kingdom, Fantastic Mr. Fox, El gran hotel Budapest e incluso Isla de perros, el espectáculo de ver a Wes Anderson haciendo de Wes Anderson nos resulta no solo triste, sino también estéril. Carlos F. Heredero


En La crónica francesa, la más perfecta y a la vez la más fallida película de Wes Anderson, había un gusto por el relato y por el arte de narrar. En su nueva película, Anderson aparca la vocación novelesca para centrarse en el teatro. Asteroid City no es ninguna ciudad de California, Arizona o Nevada, sino un decorado de una pieza teatral dividida en tres actos y que ha tenido diferentes directores de escena. En los títulos de crédito, remotamente inspirados en Sacha Guitry, el artificio del teatro se constituye en leitmotiv. Las escenas y actos son anotados como intertítulos y los actores ensayan alguna de sus réplicas. Una vez que se han establecido las reglas del juego, Anderson nos conduce a Asteroid City –un espacio del far west reconstruido en España–. Estamos en los años cincuenta y la iconografía a la que da forma Anderson tiene que ver con las pruebas nucleares, los sueños en torno a los extraterrestres, las convenciones científicas y los restos de un eterno y mítico far west con sus restaurantes de comida rápida que sustituyen a los viejos salones.

Como es habitual en Anderson hay toda una exploración iconográfica y estética que juega con múltiples referentes estéticos de la cultura popular para acercar la ficción al comic y otorgar una dimensión coral que sirva para retratar el imaginario de un período. Todos estos elementos están acompañados por un reparto de lujo –Tom Hanks, Scarlett Johansson, Margot Robbie, Adrian Brody, etc.–. Diversos grandes nombres de Hollywood aparecen como secundarios, casi como si fueran intérpretes de breves cameos con frase. A pesar de sus innegables virtudes formales, hay en Asteroid City un efecto de saturación estilística. Anderson lleva el manierismo al extremo, pero esta vez lo lleva a transitar por parajes que no conducen a ninguna parte, como si toda la película fuera el resultado de un callejón sin salida. Hay una constante gratuidad en la búsqueda de tipologías para los múltiples personajes excéntricos, los cuales no sirven para nada más que para construir pequeños chistes más o menos ingeniosos. Todo el engranaje formal pierde su entidad dramática y acaba al servicio del vacío. Asteroid City cuenta la historia de una convención de jóvenes que transcurre en el cráter creado por un viejo asteroide hace miles de años, que en plena conferencia recibe la visita de un extraterrestre. Anderson acentúa su autocomplacencia para situarse en una especie de repetición cansina de sus propias formulas. Àngel Quintana