Carlos F. Heredero

Ahora Frida se llama Marina. Ya no es una niña, sino una adolescente de dieciocho años. Aprendió a llorar cuando era pequeña, en un pequeño pueblecito de la Cataluña interior, allá por el verano de 1993. Entonces, tras la muerte de sus progenitores, vivía con su familia materna y ahora, de regreso al estío, pero once años después, acaba de llegar a Vigo en busca de su familia paterna, tan desconocida para ella. Así la encontramos cuando se abre Romería, comienzo de un itinerario de búsqueda y de investigación en las raíces de su propio origen y en la trastienda de una rama familiar –con hondas raíces en la alta burguesía empresarial del entorno– que vivió con vergüenza y de manera hipócrita la conexión de sus padres con la heroína y con el sida, responsables de su fallecimiento. Como en el film que constituye la semilla de esta historia, Carla Simón vuelve aquí, por tanto, sobre su propia historia autobiográfica para terminar de ajustar cuentas, en el terreno de la ficción, con las incógnitas que durante tanto tiempo determinaron su formación personal.

A diferencia de Estrella, la protagonista de El Sur (Víctor Erice, 1982), Marina sí consigue llegar al espacio que guarda los secretos de la figura paterna, pero si aquella otra adolescente (interpretada por Icíar Bollain) hubiera podido visitar Andalucía y encontrarse allí con un primo suyo, tal y como preveía la segunda parte del guion, desgraciadamente nunca rodado, de aquel film memorable, Marina habría tenido ahora un noble espejo sobre el que reverberaría la aventura imaginaria que vive en Romería con su primo paterno, transmutados ambos en las figuras respectivas de su madre y su padre, interpretados también en ese largo segmento de la película por Llúcia Garcia y Mitch. Las películas dialogan entre sí, incluso cuando sus autores no se lo proponen, no lo buscan o no son conscientes de ello.

El cine puede hacerlo: puede revivir a los muertos (los padres de Marina) en la carne de los vivos (Marina y Nuno), puede articular un hermoso exorcismo ficcional capaz de reimaginar la belleza y también el dolor, la fuga y el arrebato (Zulueta no está lejos de las imágenes con las que Carla Simón ‘pone en escena’ la historia gallega de su padres), la vibración del sexo y el pálpito de la muerte. Romería se adentra entonces en un registro diferente, otro más en realidad, porque desde un principio las texturas se desdoblan en esta arriesgada y bellísima exploración fílmica de múltiples capas: la que proporcionan las imágenes grabadas por la protagonista con su cámara de vídeo, la que articula sus diversos encuentros con la familia y la que da forma a ese trance imaginario que se funde con lo real mientras uno y otro intercambian ecos y resonancias, por mucho que las tres, claro está, hayan sido filmadas por la propia cineasta. De unas capas a otras (incluida la que aporta una ruptura abiertamente coreográfica de explícita dimensión metafórica en torno a la Santa Compaña; recuerden: los espíritus que nunca mueren), el tránsito redimensiona la experiencia emocional de Marina y le permite encontrar –a ella, pero sin duda también a Carla Simón– nuevas perspectivas desde las que mirarse a sí misma, no quedarse parada, reemprender el camino y avanzar, muy probablemente, hacia nuevos territorios.

El reto consistía es conseguir que esa navegación por tan diferentes texturas fuera orgánica y armoniosa, por mucho que la tercera capa se quiera a sí misma una ruptura acorde con la que los padres de Marina vivieron en su momento con una familia a la que –desde la perspectiva que ofrece ahora la madurez– Carla Simón representa, en 2025, a la vez con curiosidad y distancia, con explicable desapego y con un admirable esfuerzo de comprensión. Y el discurrir de Romería lo consigue casi siempre. Tan verdadera y tan sincera como Verano 1993 (2017) y como Alcarràs (2022), esta nueva inmersión en las nieblas autobiográficas de Carla Simón desvela el mismo naturalismo construido (de intensa y sofisticada elaboración) que daba cuerpo a las anteriores, pero ese diapasón se deja atravesar esta vez por otros registros –dramáticos, narrativos y formales– que abren la puerta a una exploración poliédrica ciertamente arriesgada, pero extraordinariamente estimulante.

Entre medias, Carla Simón se reencuentra, al menos, con Éric Rohmer (en los pasajes más luminosos y soleados de su verano vigués), con el eco resonante de Un verano con Mónica (en el paseo de Marina y Nuno sobre las rocas junto al mar), con el sustrato de Arrebato (el fulgor de las imágenes y de la vivencia en torno a la heroína), con los ecos de Carlos Saura (el cerrado núcleo familiar que esconde secretos poco confesables, la vivencia de los jóvenes de los años ochenta en Deprisa, deprisa) y con El Sur (la bruma que rodea a la figura paterna, la relación de Marina con su primo cuando ambos ‘son’ los padres de la protagonista), dentro de un film que asimila y reelabora sus influencias con integridad y sin poses cultistas que reclamen atención sobre sí mismas. Descubrimos así un trabajo, casi una filigrana, en cuyos encuadres los cuerpos y los rostros de los personajes (los de Marina, sobre todo) tienen un peso, una presencia y una ‘entereza’ (como decía Antonio López en El sol del membrillo) que les dota de verdad y densidad, que les confiere autenticidad y proximidad. Si resultara ser cierto lo que decía Truffaut (aquello de que las películas se parecen a sus autores), Romería ofrece, por todo lo anterior y por muchas otras razones –a las que volveremos con más amplitud cuando la película se estrene– el más hermoso retrato que uno puede imaginar de su gran directora.


Àngel Quintana

Desde las primeras imágenes tenemos la sensación de que regresa algo que es inherente al cine de Carla Simón. Desde las primeras frases en off de Marina (Llúcia Garcia) sabemos que nos vamos a situar en la otra cara del mundo mostrado en Verano 1993. Estamos en un verano de 2004 menos luminoso que nos remite a otros situados antes de 1992, junto al mar Atlántico, en Vigo. De nuevo, el tema que articula la película no es otro que la familia. Carla Simón nos habla de la familia que no conoció, de aquellos abuelos que se ocultaron, de aquellos primos de los que no oyó hablar, de un padre del que siempre ha sabido muy pocas cosas, del que ha ignorado incluso la fecha de su muerte porque fue ocultada. Como en Alcarràs, se van mostrando las diferentes capas del universo familiar. Están los primos de la edad de Marina, los niños que juegan al margen de los adultos, las tías y los tíos, pero también están la matriarca y el patriarca de una familia rica que ha sabido ocultar la realidad y refugiarse en su propio silencio. El patriarca calla, pero otorga, la matriarca protesta, pero se resiste a traicionar los principios de su vieja y ancestral moral. También como en Alcarràs, todo depende de un certificado. En este caso, el papel existe, pero fue modificado y sin ese papel Marina –alter ego de Carla Simón– no podrá ir a estudiar cine al extranjero, porque nada certificará su origen, ni su orfandad.

En Romería hay dos cámaras. La primera es la de una joven Marina que recorre los espacios que le fueron vedados en su niñez. Con su cámara filma el mar, las velas, un edificio en el que presuntamente vivieron sus padres y una romería popular en la que encuentra el calor que su entorno no ha acabado de darle. Con la otra cámara, la propia Carla Simón decide filmar la investigación sobre sus orígenes biológicos, los movimientos de su propio alter ego en medio del paisaje, aquello que imagina del mundo oculto de sus padres y las palabras del diario íntimo que dejó escrito su madre antes de morir. A diferencia de sus películas anteriores, en esta ocasión nadie podrá volver a utilizar el tópico de que la cineasta ha hecho cine neorrealista con no actores. En Romería hay una joven debutante, actores profesionales y otros seleccionados en un casting, pero es lo que menos importa. Lo más interesante de la película se encuentra en el momento en el que todo un universo muy prefigurado –y hasta cierto punto previsible– se resquebraja. Marina sube por una escalera de cuerda hacia el tejado de un edificio situado frente al mar. En la terraza se encuentra a sus padres y la realidad da paso al sueño. Una serie de flujos de carácter onírico se alternan con las palabras del diario de la madre de Marina –la madre real de Carla Simón–, mientras desde la distancia, la cineasta –y su alter ego– se preguntan cómo fueron aquellos años tan desordenados situados después de la Transición. Romería se sumerge en aquel tiempo en que la heroína estaba en la calle y algunos jóvenes preferían vivir la vida con una intensidad que en la que era mejor descansar cuando estuvieran muertos. Eran los años en que Vigo no era solo un puerto, ni la ciudad de un equipo de fútbol llamado Celta, sino además el lugar donde Siniestro Total cantaba Bailaré sobre tu tumba y Os Resentidos entonaban Galicia caníbal (Fai un sol de carallo). Hubo un tiempo en que el rock y la heroína estaban allí, pero el sida acabó silenciándolo todo. Romería se pregunta desde la distancia sobre las huellas de ese tiempo, pero lo hace sin reproche alguno, con curiosidad. En contraste con el mundo cerrado de la familia, la pareja formada por el padre y la madre de Marina viven en el paraje de una isla el sexo, las drogas y la libertad con tanta intensidad como la vivieron en su día los protagonistas de Un verano con Mónica, de Ingmar Bergman. Entre el sueño y el recuerdo, la cámara está allí para intentar comprender y es en este momento cuando Romería consigue despegar con fuerza, cuando consigue situarse más allá de lo que esperábamos de ella.