Barreras para una distopía

Jaime A. Coco

A menudo, el cine estadounidense ha representado las distopías y los escenarios de colapso desde una mirada espectacularizada, devastadora o directamente épica. Tycoon (Charlotte Zhang, 2026) se aleja de ese enfoque y sitúa su acción en la ciudad de Los Ángeles de 2028, tras una crisis que ha destruido la producción de carne del país. En ese contexto, la película sigue a dos personajes que aprovechan el colapso del sistema para sobrevivir mediante pequeños trapicheos.

A partir de esta premisa, Zhang conecta ese futuro imaginado con el presente trumpista. Utiliza las calles de Los Ángeles para mostrar la otra cara del sueño americano, marcada por la precariedad, la marginalidad y las contradicciones de un país que parece habitar ya la distopía que la película plantea. Es precisamente en la puesta en escena donde esta idea encuentra su mayor potencia. La cercanía entre la cámara y los personajes resulta palpable en todo momento, no solo por su proximidad, sino también por la complicidad con la que los filma, recurriendo a videocámaras ligeras que le permiten desplazarse por los barrios de la ciudad de manera casi clandestina. Surge así una línea muy fina entre las formas del cine underground y las calles y personajes retratados. Esta operación alcanza su punto más interesante al establecer una barrera escénica entre realidad y ficción cuando los protagonistas intentan abrir un coche para robarlo, cuando el film articula una reflexión visual sobre los límites y las fronteras. En lugar de permanecer junto a los personajes en el exterior, la cámara abandona su posición y se introduce en el interior del vehículo. Desde allí observa cómo intentan forzar la cerradura introduciendo una barra metálica entre la puerta y el marco. Ese desplazamiento altera el régimen de representación de la película, que pasa de un registro realista a un juego con la ficción: la cámara entra en el espacio al que los personajes no pueden acceder, mostrando así los propios engranajes de la puesta en escena. Una vez el coche se abre, todo lo que sigue adquiere la forma de un extraño viaje de ensueño que termina condensando las búsquedas formales del film. El sonido desaparece momentáneamente y solo permanece la voz de una canción que comienza a sonar en la radio. Los personajes empiezan entonces a mirar directamente a cámara, como si tomaran conciencia de su propia condición al mismo tiempo que el espectador. La película une así sus constantes alteraciones de la realidad —intervenciones sobre la imagen, aceleraciones o recreaciones visuales— con una transformación del propio fondo que los rodea, que parece adoptar la misma lógica expresiva.

Ese trayecto culmina poco después en la imagen de un puente cercado por rejas mientras los coches atraviesan el encuadre en segundo término. Un plano que termina por condensar la propuesta de Zhang: una película construida sobre el roce permanente entre realidad y ficción, entre presente y futuro, para retratar una sociedad estadounidense que parece habitar simultáneamente ambas dimensiones.