Àngel Quintana
En el transcurso de una conversación con un alto mando militar, el presidente de la República italiana, Mariano De Santis (Toni Servillo) constata que, acostumbrados a la disciplina y al orden, las personas que tienen el poder a veces se olvidan de la quiebra que producen los sentimientos. De Santis vive en una jaula dorada, prisionero de las lujosas habitaciones presidenciales, de la guardia de seguridad, de la dieta que le impone su hija y de su condición de gran letrado que ha procurado siempre encontrar un camino para la verdad. Unos meses antes de su jubilación, y con el persistente recuerdo de su esposa muerta, se da cuenta de que la verdad también es relativa, que más allá del principio de la duda existen los puntos de vista y ciertas razones que pueden hacer quebrantar la verdad. En su aburrido y monótono mundo, De Santis tiene frente a la mesa dos peticiones de indulto. La primera para una mujer que mató a su marido maltratador y la segunda para un hombre que mató a su esposa enferma de Alzheime. Dos casos que resuenan frente a la cuestión de la Ley de la eutanasia que el presidente debe firmar antes de su jubilación. Paolo Sorrentino mantiene en toda la película un tono claramente crepuscular. No estamos ante una película política sobre las funciones protocolarias del presidente de la República ante un mundo que cada vez le resulta más incomprensible, ni sobre los caminos que ha seguido la política italiana. Sabemos que el presidente fue un férreo magistrado atado a sus libros de derecho penal, que tuvo simpatías por la democracia cristiana y que en los siete años de su mandato ha mantenido una postura gris, que a veces esconde algo de su propia cobardía. Siendo una película de Paolo Sorrentino es evidente que este tono lacónico y crepuscular estará puntuado por la búsqueda de imágenes sorprendentes, por algunos momentos marcados de retórica del exceso y por una clara vocación de alargar las situaciones para demostrar el poder fílmico de sus aparentemente brillantes metáforas. De todos modos, La Grazia es una película que habla del indulto. Paolo Sorrentino ha sido para un sector de la crítica un claro representante de la vacuidad posmoderna y de un cine prisionero del ombliguismo basado en la retórica del exceso. Ciertos sectores de la crítica lo hemos convertido en un representante del mal, e incluso en ese autor-pesadilla que habitualmente nos encontramos en los festivales. A pesar de poseer las normas de estilo de Sorrentino, La Grazia es otra cosa, una película sensible, valiente, con momentos de gran brillantez y con una excelente construcción de los personajes. Es por todo esto que al final de la película surge, de forma inevitable, una cuestión: ¿Es posible indultar a Sorrentino? A veces es útil abandonar prejuicios y encontrar en la crítica un poco de generosidad.











