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“Sitio con vegetación, y a veces con manantiales, que se encuentra aislado en los desiertos”. Un oasis es esto, algo así como un sanador paréntesis de oxígeno en medio de una realidad que ahoga. Jugando a la sobreinterpretación, o no tanto, se podría decir que los personajes que forman el joven triángulo amoroso de la cinta de Ivan Ikić encuentran su propio oasis en un espacio natural abierto, cercano a la institución mental en la que los tres están internos. Allí las formas son distintas. Los planos son más amplios y más generales cuando María y Robert van hacia esa finca en la que se cuelan mientras se acompañan en silencio sabiéndose libres del control de la institución. Hasta entonces, los encuadres permanecen pegados casi siempre a cada detalle de la cotidianidad individual de ambos. De ambos y de Dragana, la tercera interna que, también con un historial de intentos de suicidio a sus espaldas, completa esta triada de jóvenes en descubrimiento de esas primeras ansiedades fruto de la fascinación amorosa.

En una búsqueda constante de la naturalidad de la puesta en escena, más centrada aquí en capturar gestos y respiraciones, Oasis discurre con el mínimo diálogo. Su director plantea un seguimiento de las rutinas individuales, principalmente de las dos amigas, pero también del hermético chico que les gusta a ambas (y cuya esperada explosión expresiva aparece sobre todo en las secuencias finales del film). Ilusiones, dudas, celos, llantos… el ciclo completo de la exaltación del primer amor representado en tres actos que llevan el nombre de cada uno de los protagonistas, y que desgranan las relaciones entre estos tres personajes desde la altura de sus ojos. Siempre sin juzgarlos, ni tampoco abrazarlos especialmente, por ser pacientes de un centro de salud mental.

El belgradense Ivan Ikić deja solo enunciada su crítica hacia el tratamiento que la sociedad hace de los pacientes de estos centros. Lo hace sin más subrayado que arrancar la cinta con imágenes históricas de archivo (al estilo NO-DO) que se contraponen naturalmente al tratamiento del resto del film. Este ya, desde el primer minuto, con muy distinta vocación de intimista retrato emocional: el que parece el verdadero interés del cineasta. La construcción de Ikić, inicialmente estimulante, diluye su capacidad de sorpresa hacia el ecuador de la película por lo reiterado de su lenguaje. Pero, igualmente, gana en pulso y creatividad en un cierre que vuelve a ese espacio natural abierto en el que los personajes cierran una tragedia elíptica. Allí, y como dice la segunda acepción académica del termino ‘oasis’, ellos tratan de encontrar esa tregua, descanso o refugio” a los contratiempos universales de la vida.