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Oasis (Ivan Ikić). ArteKino 2021

“Sitio con vegetación, y a veces con manantiales, que se encuentra aislado en los desiertos”. Un oasis es esto, algo así como un sanador paréntesis de oxígeno en medio de una realidad que ahoga. Jugando a la sobreinterpretación, o no tanto, se podría decir que los personajes que forman el joven triángulo amoroso de la cinta de Ivan Ikić encuentran su propio oasis en un espacio natural abierto, cercano a la institución mental en la que los tres están internos. Allí las formas son distintas. Los planos son más amplios y más generales cuando María y Robert van hacia esa finca en la que se cuelan mientras se acompañan en silencio sabiéndose libres del control de la institución. Hasta entonces, los encuadres permanecen pegados casi siempre a cada detalle de la cotidianidad individual de ambos. De ambos y de Dragana, la tercera interna que, también con un historial de intentos de suicidio a sus espaldas, completa esta triada de jóvenes en descubrimiento de esas primeras ansiedades fruto de la fascinación amorosa.

En una búsqueda constante de la naturalidad de la puesta en escena, más centrada aquí en capturar gestos y respiraciones, Oasis discurre con el mínimo diálogo. Su director plantea un seguimiento de las rutinas individuales, principalmente de las dos amigas, pero también del hermético chico que les gusta a ambas (y cuya esperada explosión expresiva aparece sobre todo en las secuencias finales del film). Ilusiones, dudas, celos, llantos… el ciclo completo de la exaltación del primer amor representado en tres actos que llevan el nombre de cada uno de los protagonistas, y que desgranan las relaciones entre estos tres personajes desde la altura de sus ojos. Siempre sin juzgarlos, ni tampoco abrazarlos especialmente, por ser pacientes de un centro de salud mental.

El belgradense Ivan Ikić deja solo enunciada su crítica hacia el tratamiento que la sociedad hace de los pacientes de estos centros. Lo hace sin más subrayado que arrancar la cinta con imágenes históricas de archivo (al estilo NO-DO) que se contraponen naturalmente al tratamiento del resto del film. Este ya, desde el primer minuto, con muy distinta vocación de intimista retrato emocional: el que parece el verdadero interés del cineasta. La construcción de Ikić, inicialmente estimulante, diluye su capacidad de sorpresa hacia el ecuador de la película por lo reiterado de su lenguaje. Pero, igualmente, gana en pulso y creatividad en un cierre que vuelve a ese espacio natural abierto en el que los personajes cierran una tragedia elíptica. Allí, y como dice la segunda acepción académica del termino ‘oasis’, ellos tratan de encontrar esa tregua, descanso o refugio” a los contratiempos universales de la vida.

Oasis (Ivan Ikic). SEFF 2020 – Nuevas Olas

Oasis arranca con un aséptico video institucional de un centro para personas con discapacidad intelectual. Planos generales, rostros impávidos e inexpresivos, narración en off de cadencia equilibrada y monótona. Hasta que los créditos con el título del filme rompen este incómodo prólogo cuya atmósfera transmite una incómoda y tensa calma. A partir de ahí, las formas de la cinta cambian radicalmente y, a partir de una estructura en tres bloques -centrada cada una de ellas en tres de los internos del centro- la obra de Ivan Ikic intenta trasladar, a partir de su puesta en escena, el bullicio interior de unos individuos que habitualmente se han representado desde la condescendencia o desde el desconocimiento. En cambio, la mirada de Ikic consigue -sobre todo en su primer acto, centrado en el personaje de María- transmitir una suerte de ternura a partir de un triángulo amoroso entre dos mujeres y un hombre internados en el centro, interpretado por tres pacientes auténticos y basado en un hecho real. Un suceso, entre la esperanza fútil y el deseo de liberación, que Ivan Ikic representa a partir de un dispositivo que se acerca a los rostros y a los gestos de unos individuos, a las muestras de una cierta clase de afecto entre tres individuos incapaces de gestionar sus emociones y sentimientos.

El problema hacia el que acaba abocada la cinta es, que tras un primer tercio donde Ikic evita cualquier tipo de sensacionalismo y dramatización melodramática de los acontecimientos, a partir de una puesta en escena observacional heredera del cine de Apichatpong Weerasethakul -en especial su habilidad para integrar orgánicamente la pureza de lo natural junto con la decadencia aséptica de lo artificial y humano- la cinta acaba derivando, en sus dos segmentos posteriores, a una suerte de polarización en la representación del drama acontecido, pero que acaba remontando en sus minutos finales con una escena final que se reencuentra con la que quizá es la mejor secuencia de su primer acto: el primer encuentro y acercamiento físico entre los personajes de María y Robert. Una secuencia que sirve tanto de espejo distorsionado como de complemento en negativo de la escena mencionada anteriormente y que emparenta a la película con el estudio anatómico acerca de las manos y el tacto como extensión del deseo no expresado de Ammonite de Francis Lee, perteneciente a la Sección Oficial.