Carlos F. Heredero
La Francia de Vichy. La ‘Francia libre’ (decían sus partidarios), pero en realidad sometida por la Alemania nazi bajo la cobertura colaboracionista del mariscal Pétain. Un período histórico hacia el que muy pocas veces ha vuelto sus ojos el cine francés, sin duda porque nuestro país vecino dista mucho todavía de haber ajustado cuentas con su entusiasta apoyo, y colaboración, con el estado títere encabezado por quien antes había sido, en 1939, embajador en España y fiel colaborador del dictador Franco cuando este acababa de derrocar a la legalidad republicana. En aquella Francia, de ambiente espeso y propicio para todo tipo de arribistas de nueva planta, Henri Marre medra sin cesar entre funcionarios, prefecturas y ministerios. Es un funcionario gris pero camaleónico, anodino pero acomodaticio, decidido a destacar como exaltado ‘pétainista’ y a dirigir, si hace falta, la organización administrativa de los pogromos de judíos y la construcción de barracones destinados a convertirse en campos de concentración para todos cuantos debían ser secuestrados en función de la legislación antisemita impulsada por Pétain para satisfacer a sus verdaderos jefes.
Lo que realmente cuenta Emmanuel Marre en esta película sorprendente no es otra cosa que la historia de su bisabuelo paterno, y lo hace a partir de la correspondencia epistolar cruzada entre aquel colaboracionista de turbio ideario ultraconservador y su mujer, inicialmente instalada en París antes de reunirse con él en Vichy. Pero que nadie se llame a engaño: no estamos ante una reconstrucción historicista convencional de prefijado sentido para satisfacción de espectadores concienciados, sino ante una propuesta fílmica muchísimo más interesante, a medio camino entre cierta vocación brechtiana, sólidas raíces rossellinianas, subterráneos ecos de Peter Watkins, destellos de René Allio y lejanos aromas de Angelopoulos; en suma, ante un ejercicio que trata de traer la Historia al presente y de hacérnosla contemplar con plena conciencia de que está siendo ‘puesta en escena’ para nosotros.
Marre (cineasta) filma a Marre (su bisabuelo, interpretado aquí por Swann Arlaud) con una nítida distancia crítica a pesar de situarlo, desde el primer plano del film, en el centro del relato y de anclar después todo el punto de vista narrativo al de este personaje que deambula por despachos y estancias ministeriales, fiestas decadentes, conciliábulos politiqueros y exaltaciones callejeras para el culto a la personalidad de Pétain, tratando de encontrar su propio lugar al sol que más calienta en el corazón más negro y más oscuro de la Francia colaboracionista. El director muestra toda su doblez y su cinismo, pero también sus debilidades y sus bajezas, sus dudas morales, sus estrategias arribistas y sus heridas emocionales (no hay aquí ningún maniqueísmo), mientras, de forma intermitente, se escucha en el off sonoro el texto de las cartas que le dirige su mujer, o irrumpen de vez en cuando sobrevenidos interludios musicales en los que algunos personajes bailan al son de composiciones musicales modernas y deliberadamente anacrónicas respecto a la época en que transcurre la acción.
El cineasta filma a veces al personaje histórico (autor de un libro titulado Notre salut: un difuso panfleto político impregnado por un ideario de extrema derecha) y sus andanzas con una cámara de 16 mm que, en ocasiones, no duda en delatar su presencia con bruscos movimientos inestables que buscan atrapar el pálpito del momento. La puesta en escena facilita la improvisación de los actores y busca hacernos conscientes de que estamos ante una ‘representación’, ante la ‘puesta en pie’ de una correspondencia familiar, pero sobre todo de un período histórico en cuyo germen –pardo y siniestro– resuena el terror que hoy amenaza de nuevo a la sociedad francesa y a buena parte de la Europea. Cuando habíamos dado ya por perdida al resto de la muy chauvinista selección francesa vista hasta el momento en el festival (tres películas tan intrascendentes como La Vie d’une femme, Garance y L’Inconnue) surge con Notre salut una de las obras más arriesgadas, valientes, modernas y necesarias de todo el certamen. Una grata sorpresa.
Àngel Quintana
“Nuestra intención era la de encontrar un modo de filmar que nos hiciera sentir el presente de la historia, este presente en el que los que lo están viviendo aún no conocen su desarrollo”, afirma el cineasta Emmanuel Marre. La declaración recuerda, en cierto modo, el pensamiento de Roberto Rossellini, cuando afirmaba que los grandes hechos de la historia se habían producido con la misma intensidad que los pequeños hechos de la vida cotidiana y que había que mostrarlos sin enfatizarlos. Una forma de actuar que en el caso de Marre encuentra una vía cercana en el actualmente olvidado cine de René Allio. Hay en Notre salut, la película de Emmanuel Marre, una obsesión por sacar la historia del museo, atrapar los rostros de quienes están hoy pero que podrían haber formado parte de ella, y quedarse con esos personajes situados en los márgenes pero que formaron parte de sus engranajes y acabaron cegados por lo que veían. Por este motivo, Marre rueda con una cámara de 16 mm, con poca iluminación y a partir de un juego de improvisaciones con los actores, basado en un trabajo previo de investigación en los archivos. La película parte de los propios archivos familiares del director para contar la historia de su bisabuelo, Henri Marre, un funcionario del gobierno de Vichy que escribió y autoeditó un tratado llamado Notre salut, en el que proponía una serie de líneas clave para reconstruir Francia después de la ocupación nazi. Consideraba al Gobierno de la Francia Libre del régimen de Vichy como una oportunidad para partir de cero. Inspirándose en ideas heredadas del fascismo, su tratado hablaba de la necesidad de restaurar un orden, estimular la cultura del trabajo, utilizar a los inmigrantes como mano de obra para levantar la nación y crear un Estado francés que actuara en una dirección opuesta a la República Francesa.
El tratado de Henri Marre no tuvo ninguna difusión, pero en la película es utilizado como punto de partida para contar la trayectoria de un hombre gris que trabajó como funcionario del Ministerio de Trabajo y se sintió traicionado cuando vio que el gobierno de Pétain entregaba una parte significativa de esa mano de obra a los alemanes. Henri Marre formaba parte de quienes asumían la derrota de Francia ante los alemanes como el punto de partida de un nuevo camino, pero vieron cómo su proyecto ideológico quedaba marginado y, ante la invasión aliada de Normandía, intentaron huir por miedo a posibles represalias. Marre lleva a cabo un trabajo minucioso de reconstrucción de la vida de su bisabuelo, partiendo de las cartas que este se escribía con su mujer, con quien mantuvo siempre una relación muy tensa y distante hasta acabar separándose. Marre construyó su mundo al margen de su familia y, desde el interior de una vida gris, intentó encontrar oportunidades acercándose a la política del régimen mientras soñaba con convertirse en un ideólogo de un nuevo fascismo que nunca llegó a consolidarse. La vida de este personaje está interpretada por Swann Arlaud, omnipresente durante toda la película, y toda la red de tensiones y conspiraciones se alterna con un deseo de capturar la cotidianidad sin convertir al personaje en un monstruo ni transformarlo en un paradigma de la banalidad del mal. Henri Marre forma parte de esos seres cegados que alimentan un régimen autoritario desde los márgenes, pero acaban siendo piezas del sistema. Al retratar a su bisabuelo, Emmanuelle Marre nos acaba recordando la existencia del huevo de la serpiente y sus conexiones con una nueva ultraderecha que está cegando a la población con proclamas y pensamientos que actualizan la herencia de aquellos tiempos.








