Carlos F. Heredero
Condenado de forma irremisible a pasar sin pena ni gloria por la competición cannoise (de no ser por la sólida interpretación de la siempre admirable Léa Drucker), este es el primer tropiezo del festival con su inveterada enfermedad chauvinista. Nada hay en este segundo largometraje de la realizadora y también actriz Charline Bourgeois-Tacquet que pueda justificar su inclusión en un festival que aspire a tomarle el pulso al cine contemporáneo. Y es que estamos, una vez más, en la empobrecedora concepción del cine de ‘temas’, única razón por la que esta anodina vie de femme –filmada de manera tan plana como académica, casi una ‘retransmisión’ del guion– podría justificar su irrupción en el escaparate principal del certamen. Con todo, no es el hecho de que una competente cirujana maxilofacial de 55 años, experta en reconstruir rostros destrozados por graves accidentes, y casada con un marido al que ama, se descubra sexualmente atraída por otra mujer (la novelista que sigue su trabajo, a quien la directora muestra ridículamente embobada por la doctora desde su primera aparición en pantalla) lo más relevante de este film rutinario donde los haya. Son las secuencias que muestran el trabajo de su protagonista (el estrés que le genera la falta de personal en un hospital público, la profesionalidad con que se maneja en el quirófano, la relación que mantiene con algunos de su colaboradores) las que ofrecen lo más valioso de una propuesta que roza peligrosamente la cursilería más sonrojante cuando trata de mostrar la relación lésbica entre las dos mujeres. De estrecho alcance localista, la película se diluye fotograma a fotograma por todos los caminos más convencionales que va encontrando a su paso.
Àngel Quintana
En los momentos finales de La Vie d’une femme, dos mujeres se reencuentran cuando sus vidas ya han cambiado. Permanecen solas durante unos instantes y se miran intensamente mientras contemplan un paisaje alpino que remite a sus amores del pasado. Entonces, una de ellas afirma: “Pienso en ello a cada momento”. La escena entronca de forma directa con el desenlace de Una partida de campo (1946), de Jean Renoir, donde se constata el abismo que separa aquello que los personajes fueron de aquello en lo que se han convertido, la distancia irreparable entre el ser y el devenir. La Vie d’une femme encuentra así ecos renoirianos en una película cuyo tono se aleja de la ligereza que caracterizaba Los amores de Anaïs (2021), aunque ambas compartan el retrato de una relación amorosa imposible entre dos mujeres. En esta ocasión Charline Bourgeois-Tacquet intenta ir más allá que en su ópera prima, insertando la crisis amorosa dentro del retrato de un momento vital en el que una existencia aparentemente estable empieza a resquebrajarse.
La protagonista de la historia es Gabrielle –interpretada de forma espléndida por Léa Drucker–, una cirujana especializada en la reconstrucción de desfiguraciones faciales. En un momento clave de la película, ella afirma que el rostro revela una determinada identidad, pero que su trabajo no consiste tanto en restaurar un rostro como en convertirlo en humano. Esa idea termina funcionando como metáfora secreta de toda la película. Gabrielle, siempre atenta a sus pacientes y comprometida con campañas humanitarias en la guerra de Ucrania, empieza a percibir que algo de su propia identidad también se ha debilitado. Ha llegado a la cincuentena, atraviesa la menopausia, su madre padece alzhéimer, mantiene una relación difícil con su hijo, pierde antiguos compañeros de trabajo y convive con un marido encerrado en su propio mundo. Todo ello la obliga a enfrentarse a la presión de una vida que ya no resulta plácida ni estable. La película intenta abarcar ese cúmulo de experiencias a partir de una estructura dividida en once capítulos, que acaba convirtiéndose en una suerte de escenas de la vida de una mujer madura atrapada en una sociedad acelerada. La posibilidad de enamorarse de una joven novelista parece abrir una vía de transformación emocional, pero los tiempos marcados por las edades de la vida generan desfases, expectativas contradictorias y perspectivas imposibles. Más que narrar una historia de amor convencional, La Vie d’une femme acaba construyendo el retrato melancólico de una mujer que descubre que reconstruirse a sí misma puede resultar mucho más difícil que reconstruir el rostro de los demás.








