Print Friendly, PDF & Email

Partiendo de la recopilación de relatos cortos de título homónimo del autor japonés Haruki Murakami, el compositor, guionista y director de arte y animación Pierre Földes, entrega su primer largometraje, situando la acción de los relatos originales de Murakami en el Tokyo de 2011, diez días después de que un terremoto fruto de un Tsunami asolara la ciudad. Un punto de partida que le sirve al cineasta para, a partir de un relato coral compuesto por tres protagonistas entrelazados laboral y sentimentalmente, en una suerte de conflicto existencial, donde las fuerzas de la naturaleza, representadas en ese terremoto mencionado previamente, les provocará un cisma emocional o vital que servirá de punto de partida para el relato narrado.

Un relato que se construye a partir de una suerte de madeja que se va desenredando y componiendo de manera orgánica, donde la monotonía de lo cotidiano, las leyendas urbanas provenientes de la cultura popular y de las leyendas ancestrales, con los animales como elementos totémicos y centro neurálgico de lo weird, más la influencia de la cultura occidental -representada en Steven Spielberg y John Ford, o filósofos y escritores como Friedrich Nietzche o Ernst Hemingway- van inundando una realidad y un ecosistema vaciado en el que se mueven sus protagonistas. Unos protagonistas similares a los actantes de la obra gráfica del historietista Adrian Tomine (Rubia de verano, Sonámbulo) que comparte con Murakami la tendencia a trasladar gráfica y narrativamente el vaciado emocional de unos individuos presa de un mundo contemporáneo que les oprime y a, como en la vida misma, cerrar sus relatos de manera ambigua e inconclusa. 

Esa traslación del lenguaje de Murakami con las imágenes de Tomine lo consigue Földes a partir de unas técnicas de animación remitentes a una cierta clase de rotoscopia (aquí utilizando a los actores de doblaje como referente videográfico de la animación posterior) que aporta a la cinta de una cualidad onírica y de extrañamiento, a la que se le suma una exploración de lo extraño y onírico -a partir de unas metrópolis fantasmagóricas donde sus habitantes son meros espectros de colores primarios sin rostro- que entronca, de nuevo, con otro de los referentes de Murakami, David Lynch y su habilidad para representar lo inusual desde lo vulgar y cotidiano.