Àngel Quintana

En Los niños del paraíso (Les Enfants du paradis, 1945), de Marcel Carné, Garance (Arletty) era una auténtica diva del teatro popular parisino, una mujer capaz de convertir su propia vida en representación y de controlar, con una mezcla de misterio y lucidez, el deseo de todos los hombres que la rodeaban. La protagonista de Garance, de Jeanne Henry, hereda ese nombre cargado de resonancias míticas, pero la cineasta lo desplaza hacia un territorio radicalmente distinto. Ya no estamos en el ‘Boulevard del Crimen’ ni en el universo romántico del teatro decimonónico. La protagonista es una actriz precaria y autodestructiva que sobrevive entre pequeños teatros, doblajes y una creciente dependencia del alcohol. Interpretada por Adèle Exarchopoulos, Garance encarna un cuerpo agotado, incapaz de controlar ni su vida ni su representación. La película sigue el recorrido errático de esta mujer marcada por las recaídas mientras a su alrededor se acumulan nuevas fragilidades como la enfermedad de su hermana, la inestabilidad afectiva y la precariedad cotidiana. Jeanne Henry filma el alcoholismo como desgaste progresivo, como una lenta erosión física y emocional. Jeanne Henry va transitando sin demasiada comodidad, ni ligereza, por diferentes temas, como si necesitara otorgar al guion una densidad de la que carece antes de concentrarse en el drama final del alcoholismo y la amenaza de una muerte cercana. La película acaba siendo errática para alzarse como una posible historia de superación, en la que la vida es algo más que puro teatro.


Carlos F. Heredero

Historia de lucha y superación personal a cargo de la joven parisina alcohólica y aspirante a actriz que da título al film (interpretada por Adèle Exarchopoulos), el cuarto largometraje de Jeanne Herry (hija de la actriz Miou-Miou) aspira a dejarse contagiar por la energía y por la fuerza vital de este personaje que no quiere rendirse y que busca sin cesar una vía de realización personal y emocional. Atrapada por los escasos horizontes profesionales que tiene a su alcance, por sus continuas recaídas anímicas, por la enfermedad de su hermana y por su propia adicción, busca en su relación amorosa con la joven y estable Pauline una posible salida del laberinto por el que la película da vueltas y vueltas sin parar a lo largo de un metraje excesivo (120 minutos) para lo que realmente cuenta. Nada o prácticamente nada hay de nuevo en este sentido, más allá de la agenda temática del momento (historias de mujeres que tratan de reconocerse a sí mismas y buscan una voz propia en medio de una sociedad con valores cuestionables; véase Viva, la película de Aina Clotet presente en la Semana de la crítica, pero también La Vie d’une femme y Gentle Monster, incluidas en la sección oficial), por lo que los principales valores del film tenemos que buscarlos en el territorio de sus formas: allí donde la fisicidad de las imágenes, el dinamismo de la cámara, los encuadres inestables y las elipsis bruscas tratan de traducir el impulso vital de su protagonista. No es mucho, ni tampoco muy original, como tampoco lo es el alcance ciertamente modesto de la propuesta.