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Cuenta la propia Yoko Yamanaka que estaba preparando otra película cuando descartó ese proyecto para rodar, casi sobre la marcha y sin apenas guion, Desert of Namibia. Y es probable que provenga de ahí ese carácter expresionista que el film tiene pero que también hace que avance sin saber muy bien hacia dónde. Kave, su protagonista y eje esencial de la trama es una joven de 21 años que trabaja en una clínica de estética, rompe con una pareja y empieza otra nueva relación. Yamanaka la sigue, cámara al hombro, mientras camina por las calles o deja caer su cuerpo en la cama sin nada más que hacer. Y durante la primera parte del film el hastío, la resignación, un cierto nihilismo y la falta de perspectivas de la protagonista, podrían ser leídos, además de como retrato de personaje, como posible extrapolación del angst de toda una generación o incluso de una sociedad, la japonesa, enferma.

Pero otro asunto, el de la represión de las emociones en el silencio contenido de la rabia de Kana, acaba aflorando, en la segunda mitad, en forma de violencia, heridas y dolor (físico y emocional). Y entonces la película termina por perderse, vagando sin rumbo como su protagonista. Más incluso cuando se aventura con algunos juegos de experimentación con las imágenes (la secuencia de la pelea entre Kana y su pareja que ella misma observa desde su teléfono móvil mientras corre encerrada en un habitación rosa que de pronto parece más fruto de su imaginación que del universo ‘real’ en el que se desarrolla la película) que, de nuevo, no llegan a ningún sitio.

Jara Yáñez