Skyline Fest: algo se mueve en Benidorm
“Benidorm. Cultura barata. Cultura de playa. Gente que habla tres idiomas sin tener en el bachillerato, paquis, belgas, gin-tonics aguados, gays. Libros de Tom Clancy de segunda mano, hinchados por la humedad, crujientes de arena, arena en la almohada, arena en la paella, arena en el tanga, en la ducha, desayunos de salchicha y bacon a cualquier hora del día, chicharras de noche. Vomitonas, meadas contra las tapias y canciones de Tom Jones. Melanomas, cistitis, diarreas universales. Clamidias. Y el mar como el desierto de Levante, del Oeste, de Las Vegas, las sombras de los rascacielos sobre la playa, cada vez más altas, sombras kilométricas que se adentran sobre la superficie del mar tibio a las diez de la noche, mientras las familias cenan pollo frito en la playa, Godzillas de acero mediterráneo sobre la playa fría del amanecer”.
Aterrizar en Benidorm a cualquier hora de cualquier época del año es entrar en un capítulo de La dimensión desconocida soñado por Hunter S. Thompson. La descripción anterior, extraída de Spanish Beauty de Esther García Llovet, se ajusta, sobre todo desde una óptica tonal, a lo que es, hoy, ahora, esa bahía excesiva encastada en la costa alicantina como un piercing esmeralda en el ombligo de una bailarina del Bolshoi.
Benidorm solo admite la cultura como deformación, bien como una perversión de determinados usos y costumbres que aquí incluyen el desenfreno etílico, las sobredosis de sol y las paellas precocinadas, bien como envoltorio cinematográfico, como set de rodaje post-pop que pide a gritos un remake de Miami Vice y del que algunos cineastas se han servido con desigual fortuna.
En una ciudad que se exhibe ante sus transeúntes como un inacabable barrio rojo del turbocapitalismo, todo el mundo convertido en anuncio de sí mismo, organizar un festival de cine es lo más parecido a intentar ganarse la vida como vendedor del Círculo de Lectores en Reno. Y, sin embargo, y tras nueve ediciones gritándole al viento que en Benidorm existe un festival de cortometrajes, el levante y el poniente se pusieron de acuerdo, amainaron, y la voz del Skyline Fest se escuchó, nítida, entre el tintineo de tanques de cerveza, los gritos de los ejércitos de cowgirls que anuncian la desbandada de un millón de despedidas de soltera y los coros graves y desafinados que entonan tipos con perfiles de jugadores de rugby retirados, entregados a un eterno tercer tiempo.
Del Skyline Fest, conducido con industriosa y admirable terquedad –entiéndanlo como un halago– por Beatriz Hernández y su equipo, uno solo puede hablar desde la alegría. Si hubiese una casa de apuestas al lado del Auditorio Fundación Mediterráneo, cosa que podría ser perfectamente posible, y se invitara a la legión de turistas que abarrota la Alameda a cualquier hora a gastarse unos euros invirtiendo en sus pronósticos, nadie diría que esa sala estaría casi al completo en todas las sesiones. Sorpresa: hubieran perdido toda su pasta. La banca (cultural), gana.
Conseguir que un festival de cortometrajes, situado en un entorno que no puede ser más refractario a determinadas propuestas culturales, con películas firmadas en su gran mayoría por debutantes, sin grandes estrellas, roce el sold out en cada pase solo puede despertar felicidad. Para que eso sea posible se necesitan tiempo, fe y capacidad de trabajo. Y respeto institucional para dejar que el proyecto se consolide. El público, al final, llega. O aparece, que esto es Benidorm y si hay algún lugar en el que los fenómenos paranormales son posibles, es sin duda este.
En lo referido estrictamente al apartado competitivo del certamen, la selección compuesta por 26 cortos nacionales divididos en cuatro sesiones, además de dos apartados dedicados a producciones iberoamericanas e internacionales, reunió un buen muestreo de lo más granado de la cosecha valenciana del año (Carmela de Vicente Mallols o Felina de María Lorenzo, entre muchos otros), hits imprescindibles que, de otro modo, no se verían en la ciudad (Semillas de Kivu, Una cabeza en la pared), y apuestas personales.
El palmarés reconoció El príncep (Àlex Sardà, 2024), un cortometraje con alma de largo, que aborda cuestiones como la corrupción y el privilegio desde una inusual perspectiva artística –el protagonista de la obra es un bailarín de élite que descubre que su padre está metido en un escándalo inmobiliario–, con unos superlativos Enric Auquer y Mona Martínez.
Doblemente premiado resultó Semillas de Kivu (Néstor López y Carlos Valle, 2024), el ganador del último Goya al Mejor Cortometraje Documental, que alcanza su mayor densidad expresiva cuando contrapone la belleza paradisíaca del paisaje congoleño con las atrocidades cometidas contra las mujeres que tratan de sobrevivir pese a todo (pese a las violaciones, pese a la maternidad indeseada y luego asumida, pese a la explotación, pese al colonialismo moderno disfrazado de empresa de minería…) Heaven and hell.
María Herrera, apoyada en el prodigioso trabajo fotográfico de Ion de Sosa y en la gran actuación de Olivia Delcán, bien secundada por Nacho Sánchez, se llevó el premio a la mejor dirección por Cuento de una noche de verano (2024), captura de un fugaz encuentro sexual en el que la afinidad erótica y la conexión emocional sirven para encubrir, digámoslo claro, una violación, solo que Herrera no opta por el tremendismo sino por pulsar el botón de arranque de un luminoso proceso de autoafirmación.
De entre las muchas y muy variadas propuestas, y por no repasar un palmarés que pueden consultar con un clic, merece la pena destacar Co-Haunting (Adrián Carande, Pepe Rico y Paula Sánchez Álvarez, 2023), un Lo que hacemos en las sombras versión Tecnocasa que extrae petróleo cinematográfico de la precariedad al retratar, en forma de falso y humilde documental, las dificultades de un grupo de jóvenes que, para afrontar el precio del alquiler, solo pueden permitirse rentar pisos cuyo precio ha descendido porque están ocupados… por fantasmas. Para que luego digan que todo está inventado.
No convendría terminar sin mencionar Els buits (Sofia Esteve Santonja, Marina Freixa Roca e Isa Luengo, 2024), documental que mezcla la severidad histórica y la tierna revitalización de los lazos materno filiales para contar la historia de Mariona (de todas las Marionas), una mujer que fue detenida e internada en un correccional que se dedicaba a ‘regenerar a mujeres caídas’ durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Never forget.
PRISMA: un espacio para la industria
Pero el equipo capitaneado por Beatriz Hernández no se limita a confeccionar una programación y a seleccionar a jurados e invitados de cierta relevancia –este año pasaron por Benidorm, entre otros, Jaime Rosales, Cayetana Guillén-Cuervo, Marta Nieto, Enrique López Lavigne o Miguel Dias–, sino que consciente del potencial económico de la ciudad (por más que sus recursos se destinen, principalmente, a otras áreas) ha organizado un pequeño apartado de industria (PRISMA) que, en primer lugar, desarrolló un apartado de corte didáctico que incluyó charlas de muy diversa índole sobre el cambio de liderazgo en los festivales internacionales, el proceso de adaptación de un cortometraje a un largometraje o la financiación de los cortometrajes.
Sin embargo, quizá la subsección más relevante del Skyline Festa se su ‘Shortpitch’, que este año celebró su sexta edición, por lo que tiene de apuesta futura, de creer de verdad en el formato e invertir en él. En el ‘Shortpitch’ concurren diez proyectos nacionales en fase de desarrollo o preproducción previamente seleccionados que se exponen ante un jurado que elige al mejor, al que se le otorga un premio de 23.900 euros.
Definitivamente, algo se mueve en Benidorm.
Enric Albero








