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Decía Agnès Varda que ser cineasta es ser espigador, es recoger pequeños pedazos de lo real que, tras pasar por cámara y montaje, están listos para ofrecer un nuevo sentido. Así podría entenderse el cine de María Elorza, como el resultado de un proceso de recolección donde la materia prima es el entorno de la propia realizadora. Y las historias. Porque Elorza es recolectora de historias. Uno de los rasgos principales de su cine es su capacidad de escucha: sus películas son el relato cinematográfico, documental y personal de mujeres que comparten las anécdotas de su vida. En Ancora Lucciole (2018), a partir de los recuerdos de su abuela, quien rememora la casi desaparecida figura de las luciérnagas, permitía componer un relato poético donde las hermosas imágenes se impregnaban de la nostalgia de las palabras. En Gure Hormek (2016), Elorza y Maider Fernández recorren las grietas, marcas y demás signos de vida de las paredes de los hogares de sus madres, acompañados del relato oral de sus progenitoras.

En A los libros y a las mujeres canto, Elorza continúa ejerciendo esa labor de espigadora. Detrás de cada libro, de cada estantería y biblioteca hay una historia y cada una de ellas contiene un trocito de realidad. La cinta, que adopta una estructura episódica en tres capítulos, tiene como protagonistas a otras tantas mujeres que comparten ante la cámara su relación con los libros: relatos que se alejan en mayor o menor medida de estos objetos al centrar sus recuerdos en todo aquello que, de alguna manera, se relaciona con ellos indirectamente. De sus palabras surgen reflexiones audaces, advertencias o alegatos en defensa de la cultura, a la vez que cobra forma un hermoso ejercicio de reconstrucción fílmica con las imágenes de archivo que la cineasta va entretejiendo. El cine es para Elorza la manera de recolectar vida, de cristalizar identidades. Es la forma de hacer excepcional lo cotidiano, y donde el pasado, el de cada uno, se hace presente.

Cristina Aparicio

Somos la cultura que nos alimenta. Estamos hechos tanto de las películas que vemos como de la música que nos duele y, por supuesto, de los libros que conforman nuestra biblioteca personal. El primer largometraje de María Elorza equivale a la imagen mental de un sentir. De estilo documental y ánimo de ensayo casi psicológico, A los libros y a las mujeres canto es a veces la representación abstracta de esa idea de que también, artísticamente hablando, somos lo que comemos.

Diferentes testimonios de mujeres, de enorme personalidad bajo los ojos de Elorza, van contando a cámara cuestiones y anécdotas relacionadas sobre todo con sus libros. En una oda a la bibliofilia Elorza filma estanterías, papeles, legajos, libros de bolsillo, volúmenes enormes y otros minúsculos que se abrazan en la estantería de la particular Biblioteca de Alejandría de cada propietaria. Todas esas imágenes se mezclan con fotos y objetos personales de las entrevistadas, fragmentos de algunas películas, carteles, imágenes de cuadros o cualquier otra cosa que tenga que ver con la narración en voz en off que conduce todo el conjunto. Un conjunto que por el desarrollo de la cinta pareciera surgirle a Elorza de una paradójica anécdota convertida en sonriente pregunta con la que arrancar su metraje. Esta es: ¿podríamos morir sepultados por nuestra propia biblioteca? De ser así quizás cerrarías los ojos casi con felicidad, parece decir Elorza, que inicia su cinta justo con este guiño en forma de natural y descontracturada entrevista casera a una madre y una hija.

¿Qué importa entender o no una película? Con su exposición Elorza habla de que el cine no hay que descodificarlo o tratarlo como si fuera una fórmula matemática preocupada por una narrativa lineal de formas fáciles. El cine simplemente hay que verlo o sentirlo. A los libros y a las mujeres canto es algo más de sesenta minutos de mirada íntima con la única pretensión de mostrar lo que para Elorza significa el cine: el traslado de una vibración a la pantalla.

Raquel Loredo