“Leo para llenar mi vida, para completarla y para compensar vacíos
que han dejado los sueños no cumplidos, para vivir otras vidas.
Leo porque estoy convencido de que un libro tal vez no cambie mi vida,
pero sí puede llenarla de nuevos sueños y hermosura,
y porque me hace escuchar el sonido y las voces del silencio”.
(Mi encuentro con la lectura, Cuauhtémoc López Guzmán)

Esta cita aparece referenciada en uno de los capítulos de Los libros y la belleza. Somos animales poéticos, el ensayo de Michéle Petit (Kalandraka, 2024) que propone una sugerente consideración sobre la lectura –y el arte en general– como algo que nos permite alejarnos de la lógica del rendimiento, de la ideología de la productividad y de la razón técnica, utilitaria y comercial, y para conectarnos en su lugar con un diálogo posible entre la emoción estética y el intelecto. Una reflexión que propone un acercamiento poético hacia el mundo como algo abierto y múltiple que va más allá de cualquier identidad social, ya sea esta determinada por el estatus económico, el color de la piel, el género o el barrio donde vivamos. Y resulta sugerente traer el pensamiento de Petit aquí porque es perfectamente transportable al cine, y al modo como nos relacionamos con él, pero también porque puede resonar a su vez, de algún modo, en las dos películas de estreno que destacamos este mes. Volveréis, de Jonás Trueba, y No esperes demasiado del fin del mundo, de Radu Jude, son dos obras en apariencia quizá muy lejanas, pero que comparten sin embargo un compromiso con el presente, con lo real y con la vida, que nos conecta con este poder de transfiguración de lo poético, como algo abierto y múltiple, del que hablan López Guzmán y Petit.

Tanto para Trueba como para Jude, tal y como explican en las entrevistas que publicamos en la revista, el ejercicio creativo es algo que se genera y se nutre de manera horizontal y en dos direcciones: siempre a través del diálogo con los demás, a partir del choque de ideas, del valor de la escucha e incluso del malentendido con el otro. “Siempre necesito discutir con otras personas cercanas, como lo estoy haciendo con usted. Necesito conversar, recibir una mirada distinta, quizás incluir otra idea que no se me ha ocurrido a mí. No me da vergüenza saber que es así”, explica Jude en su entrevista con Roger Koza. Trueba, por su parte, ha escrito el guion de su nueva película junto a Itsaso Arana y Vito Sanz, también actores protagonistas del film y junto a los que lleva trabajando más de diez años en una concepción del cine como algo colectivo que se extiende a todo el proceso de realización y al resto de miembros de los equipos técnico y artístico en cada nueva propuesta. Un modo de hacer que transmite además una concepción del arte, de nuevo alineada con el pensamiento de Petit, como búsqueda de un enriquecimiento mutuo que se permite aceptar la duda como motor creativo, la incertidumbre como ejercicio de reflexión y mecanismo de distanciamiento, que pone en cuestión para poder volver a examinar, para no ceder al primer impulso y seguir explorando cada vez más profundo.

Pero además Trueba y Jude son dos cineastas particularmente hábiles en su capacidad para poner en relación cosas distantes a través de la hibridación de imágenes de distinta categoría y fuente, de diverso tipo y medio, pero también de la mezcla de registros, códigos, citas y referencias que generan un lenguaje complejo que se va desenvolviendo en múltiples estratos. Un ejercicio apasionante y apasionado que, a través de la puesta en relación con las comedias clásicas de remarriage, en el film de Trueba, o con la película Angela merge mai departe (1981), del cineasta rumano Lucian Bratu, en el caso de Jude, abre además los discursos de estas dos películas a una consideración metarreferencial y sobre el propio cine y su Historia, que es al mismo tiempo teoría de la imagen y de la vida.

Jara Yáñez