Print Friendly, PDF & Email

Hace tiempo que Naomi Kawase no es la que era. Hasta el punto de que se hace doloroso intentar reconocer a la poderosa estilista de Tsuioku no dansu o Shara en la torpe divulgadora new age de Una pastelería en Tokio, seguramente el momento más bajo de su ya dilatada filmografía. En este sentido, Viaje a Nara supuso una cierta recuperación al respecto que ahora se confirma parcialmente con True Mothers, también ambientada en su ciudad natal para narrar algunas historias entrecruzadas que terminan confluyendo a través de una enrevesada estructura temporal. La peripecia de unos padres adoptivos presuntamente asediados por la que parece ser la madre biológica de su vástago, que podría estar regresando al cabo de los años para reclamarlo, o quizá no, da así lugar a un folletín finalmente lacrimógeno en cuyo interior se esconde alguna que otra perla.

Dejémonos de parejas que quieren tener hijos y no pueden, de muchachas descarriadas y de intrigas rocambolescas que incluyen a delincuentes de poca monta y bondadosos repartidores de periódicos. Pues, en medio de toda esta hojarasca, Kawase da lo mejor de sí en el retrato de la joven madre, una adolescente en busca de sí misma que termina encontrándose en medio del hermoso paisaje de Nagasaki, donde una hada buena en forma de comadrona la inicia por los caminos de un autoconocimiento que por una vez se deja de zarandajas a lo mindfullness. Ahí la cineasta relaja el ritmo y se acerca a su actriz sin impostar la voz, filmando su rostro en medio de una transformación que mezcla indiscriminadamente placidez y dolor, cuenta una experiencia iniciática sin evitar las incomodidades del camino. Y que se erige casi en una película dentro de la película, una demostración de puro cine que, por desgracia, queda intermitentemente ahogada en medio de otras nervaduras dramáticas por completo innecesarias. Da la sensación, pues, de que también la propia Kawase debería emprender un camino sincero de regreso a su propio mundo.