Eulàlia Iglesias
Elsa regresa a Costa Rica para solucionar un trámite. Vive instalada en Bélgica, con su novio Sven. Pero a su retorno a su país natal no la espera nada parecido a un hogar tradicional. La protagonista se instala en un apartamento propio. En la casa familiar, solo queda la hermana pequeña, Amalia, varada allí junto a tres colegas, y negándose a abrirle la puerta a la mujer que se encarga de la limpieza. El padre se ha desentendido de la casa y vive pendiente de su nueva y joven novia. La madre tampoco parece demasiado preocupada por la situación. Acaban de reeditar con éxito un poemario que escribió hace años, lo que parece reconectarla con una juventud perdida a causa de la maternidad. Ante el panorama, es Elsa quien se obsesiona por ejercer de figura materna y otorgar un poco de estabilidad a su hermana pequeña, que ha dejado los estudios, no parece demasiado preocupada por el futuro, conversa con fantasmas y siente un apego desaforado por su antigua niñera, Dora, que está a punto de morir.
Valentina Maurel retoma el interés por las dinámicas familiares y recupera a parte de los intérpretes de Tengo sueños eléctricos (2022), la ópera prima que la dio a conocer internacionalmente tras su paso triunfal por el Festival de Locarno. En ese primer largometraje desarrollaba un coming of age en torno a una adolescente que debe asumir la pulsión violenta del padre al que adora. La protagonista de Siempre soy tu animal materno, que vuelve a encarnar Daniela Marín Navarro, podría ser esa misma chica convertida ya en una adulta. Y podría tratarse también de una proyección de la propia directora, costarricense que ha estudiado y trabaja en Europa. El film retrata la experiencia desencajada del retorno a un hogar que ya no existe como tal. En una ciudad, San José, que parece propiciar desde su caos este proceso de centrifugación familiar. Cada personaje se mueve en su propia trayectoria sin que exista un centro que los reúna y les otorgue estabilidad. La protagonista vaga de un lugar a otro, de un encuentro a otro, sin un objetivo fijo. La única constancia en el film es el grafiti que reza “puta“ en el muro de la casa familiar, que alguien vuelve a pintar cada vez que consiguen borrarlo.
Además de la desestabilización de los conceptos de familia, hogar y patria que transmite Siempre soy tu animal materno, la película de Valentina Maurel lleva a cabo un proceso de cuestionamiento de los marcos europeos al respecto. El film pone en evidencia hasta qué punto el instinto de protección que Elsa desarrolla hacia su hermana tiene algo de prejuicio cultural respecto a un paradigma de vida que se escapa de la idea de estabilidad burguesa tradicional. Amalia no quiere ir a la universidad, se rodea de amigos marginales y abraza una espiritualidad sincrética. Aunque su comportamiento se justifique en parte como mera rebeldía juvenil de una muchacha que se siente desamparada, el film también nos sitúa en la posición de asumir hasta qué punto desaprobar su estilo de vida tiene que ver con las inercias de un cierto pensamiento occidental, como bien explica (quizá de forma demasiado explícita) la madre de las chicas.








