Carlos F. Heredero

Reconstrucción de los últimos días en la vida de Jean Moulin, histórico jefe de la Resistencia francesa contra la ocupación nazi, nombrado por De Gaulle desde Londres máximo dirigente de la Armée Secrète, la nueva película del director de El hijo de Saúl (2015) regresa al ámbito del terror fascista para proponernos una nueva inmersión claustrofóbica en las tinieblas más oscuras de la barbarie. En este caso, mediante su muy estilizada representación del trabajo de Moulin para unificar a las diferentes tendencias de la Resistencia, del funcionamiento clandestino de sus redes y, sobre todo, del arresto y de las torturas a las que el combatiente será sometido bajo la dirección personal de Klaus Barbie (el tristemente famoso ‘Carnicero de Lyon’), el dirigente de la Gestapo empeñado en hacer confesar a Jacques Martel (tapadera de Moulin en la clandestinidad) su verdadera identidad. Poco a poco, la puesta en escena de Nemes va cerrando los espacios y los encuadres al tiempo que la fotografía de Mátyás Erdély –oscura y tenebrosa, conjugada en un acerado cromatismo de negro y oro– contribuye a dibujar los contornos lumínicos y espaciales de este nuevo descenso a los infiernos del terror nazi.

La huella inevitable de El ejército de las sombras (1969), la inolvidable obra maestra de Jean-Pierre Melville, sobrevuela de manera resonante sobre el relato de Nemes (sobre todo en su primera mitad), pero luego este se confina ya entre las paredes de la prisión, en el interior de la celda, en el patio por el que los prisioneros nunca dejan de dar vueltas a un círculo sin salida, en los despachos donde Moulin (Gilles Lellouche) y Barbie (Lars Eidinger) sostienen su particular duelo y en las ominosas estancias donde el primero es torturado bajo la delectación amenazadora del segundo. Por estos últimos territorios, el eco de La confesión (Costa-Gavras, 1970) viene a la memoria en no pocos momentos y nos devuelve también a esas etapas trágicas en los que el totalitarismo (nazi en un caso y estalinista en otro) despliega todo su veneno para destruir la integridad de los individuos como medio para asentar su reinado monstruoso.

La película de Nemes se mantiene en esencia bastante fiel al desarrollo de los acontecimientos históricos y al periplo real de Jean Moulin en esa última etapa de su vida, pero al relato fílmico le cuesta encontrar su diapasón más intenso y más revelador (sin duda, el de su segunda parte, cuando Moulin y Barbie libran esa desigual batalla entre la dignidad y la ignominia), pues todo su primer tercio resulta demasiado prolijo y discursivo. Con todo, se trata de una obra más que apreciable, a la que será necesario volver con detenimiento en el momento de su estreno.


Àngel Quintana

En el gran clásico sobre la resistencia francesa, El ejército de las sombras (1969), de Jean-Pierre Melville, la lucha de la resistencia era presentada como una experiencia de desaparición. Melville filmaba una comunidad de hombres condenados a convertirse en sombras. El cineasta se había inspirado en una novela de Joseph Kessel, escrita en 1943, y partió de personajes ficticios que agrupaban seres reales. La película detallaba las redes clandestinas que se organizaron y el modo en que se unificaron los diferentes bandos resistentes bajo la dirección de Jean Moulin. En la primera parte de Moulin, de László Nemes, hay un claro eco de la película de Melville, sobre todo en la descripción del funcionamiento de sus redes. El cineasta húngaro parte del papel de reorganización de la resistencia a cargo de Jean Moulin para hablar de la caída y muerte del máximo responsable del movimiento de la Armée Secrète. Nemes describe el arresto de Moulin en casa del doctor Dugoujon, en Caluire –cerca de Lyon–, y concentra buena parte de su metraje en sus últimos días, mostrando cómo la barbarie provoca un descenso progresivo hacia la anulación material del individuo y, simultáneamente, hacia su construcción como figura mítica de la memoria francesa.

La parte central de la película se organiza alrededor de una tensión entre Jean Moulin –que usa el nombre clandestino de Jacques Martel– y Klaus Barbie en el Hôtel Terminus de Lyon. La tensión está presentada como algo más que el clásico enfrentamiento entre verdugo y víctima. Es vista con lucidez como la lucha entre dos sistemas de conducta. Barbie (Lars Eidinger), el Carnicero de Lyon, representa la obsesión nazi por clasificar, identificar y fijar. Necesita arrancar nombres, establecer jerarquías y desenmascarar al ‘jefe’ de la Resistencia. En el universo de la clandestinidad, donde toda supervivencia depende de la circulación de falsas identidades, descubrir el nombre verdadero equivale a destruir el sistema. Frente a esa lógica, Moulin (Gilles Lellouche) encarna un cuerpo que resiste a través del silencio; es una presencia física sometida al agotamiento y la destrucción. Cuando el resistente ya no puede actuar, su cuerpo se convierte en el último refugio de la clandestinidad.

La rigurosa puesta en escena de László Nemes insiste en la fisicidad y en la dimensión corporal. El espectador no contempla la Resistencia desde una distancia épica; de forma progresiva queda atrapado dentro de una maquinaria de encierro, miedo y desgaste físico. La Resistencia solo puede existir bajo la máscara, pero esa misma lógica vuelve imposible cualquier confianza absoluta. El arresto de Moulin adquiere así una dimensión traumática porque expone la fragilidad interna de la organización clandestina. Resulta evidente que alguien habló de la reunión en la casa del doctor Dugoujon, que alguien cedió y que alguien permitió que el enemigo penetrara el sistema de sombras. El recorrido de la película desde el arresto hasta la muerte del líder durante el traslado a Berlín acaba configurando una auténtica pasión laica. Moulin no es un héroe victorioso, sino un hombre destruido, reducido casi al anonimato. Sin embargo, es precisamente esa destrucción lo que produce el nacimiento del mito. Cuanto más desaparece el individuo, más se consolida su figura histórica. La película trabaja de manera notable la relación existente entre el cuerpo sufriente y el proceso de construcción del símbolo.

Al final, Nemes acaba planteando cómo la memoria de la Resistencia francesa se funda sobre una paradoja esencial. Los miembros de la Armée Secrète que combatieron contra el nazismo debieron borrar continuamente su identidad para sobrevivir, pero la Historia terminó transformándolos en rostros monumentales. Nemes filma ese tránsito con una lucidez sombría. En las imágenes finales, Moulin deja de pertenecer al mundo de los hombres concretos para ingresar en el territorio abstracto del mártir. Como los personajes de la película de Jean-Pierre Melville, se convierte finalmente en una sombra destinada a sobrevivir en la memoria colectiva de Francia.