Carlos Losilla
A propósito del primer programa de cortometrajes de la sección Zabaltegi de este año, hablábamos de la ausencia como tema y el cine que ‘falta’ como perspectiva posible. Este segundo programa confirma la intuición y describe nuevos paisajes al respecto, aparte de que otros largos hayan incidido en esa cuestión a lo largo de la semana. En Sol menor, la sensible ópera prima de André Silva Santos, la esposa no solo está ausente, sino que nunca aparece representada, mientras que de la madre solo se oye la voz, por mucho que ella misma reclame una videollamada para que se la pueda contemplar. En La felicidad, Paz Encina convoca una serie de fotografías en las que logra comparecer el hermano fallecido hace tiempo, pero no hay imagen cinematográfica propiamente dicha, a no ser el montaje de esas instantáneas en blanco y negro. Estas dos películas cortas, en apariencia tan distintas entre sí, siguen hablando de la ausencia del cine, aunque sea momentánea: siempre hay que hacer cine sin hacerlo, es decir, no reflejando directamente aquello de lo que se habla, sino merodeando a su alrededor con alusiones, incluso narrativas, que basculan entre el tono ensayístico y la poética del tiempo muerto –por eso, igualmente, la muerte es la cuestión principal–.
Pero ¿de verdad el cine nos ‘falta’? ¿De verdad no está ahí? Varias películas presentadas en la sección este año nos dicen lo contrario: Bajo las banderas, el sol, Extraño río o Brand New Landscape, por citar algunas, lo han convocado con fuerza e incluso han conseguido que se haga presente, aunque sea a modo de fantasma. Pero vayamos a las otras dos piezas de este segundo programa de cortometrajes para terminar de dar forma a lo que queremos decir. Tanto en The Spectacle, de Bálint Kenyeres, como en Siempre es de noche, de Luis Ortega (un viejo conocido de San Sebastián: El ángel, El jockey), el cine tal como se entendía abruma, se convierte en un agobio iconográfico que llena ‘demasiado’ la pantalla. En la primera, de forma aparentemente austera: planos largos, detenidos, pero que dicen tantas cosas que acaban saturándose a sí mismos, como les ocurre a los personajes, que van más allá del propio cine: a la televisión, a los medios de comunicación, a su aura fantástica. En la segunda, ante la cual los anteriores trabajos de Ortega diríanse prodigios de contención, todo queda impregnado de un exceso que va de la apariencia de los protagonistas al propio atrezzo, a los decorados, a la gama cromática. Si el cine no está ahí, parece decir Ortega, habrá que hacer todo lo posible para simular que sí lo está: un protagonista deforme, su hermosa mujer y, por si fuera poco, un tercero en discordia que viste tanga y casco como único atavío. Los colores chillan y el relato se introduce en mil y un recovecos –no tanto surrealistas como forzados a serlo– que logran una especie de cumbre absurda del cine narrativo, pues aquí todo narra y cuenta, todo quiere significar. Pero entonces… ¿no será que lo que falta es un cine que ya no puede estar ahí, que ya no tiene nada que decir, como el de Ortega? ¿Y no será que el cine que viene, o que ya está aquí, es otro, consiste en otra forma de verlo? ¿No será que el cine nuevo se construye a partir de su propia ausencia, que se vuelve así ‘otro tipo’ de presencia?











