Carlos F. Heredero
En flagrante contraste con el film de Jafar Panahi (Un simple accident), la nueva realización de Saeed Roustaee se ha filmado íntegramente en el interior de Irán y ha pasado el filtro de la censura. Aquí todas las mujeres llevan el hiyab incluso cuando están solas en su casa dentro de su habitación. No hay excepción posible que permita prescindir de esa teocrática imposición para la representación de la mujer en la pantalla bajo el régimen tiránico de los ayatolás. Sin embargo, lo cierto también es que todas las mujeres de la película, empezando por su protagonista (una enfermera viuda que se rebela contra todos a los que considera responsables de la muerte de su hijo al caerse por una ventana), son aquí no solo las que llevan la iniciativa, sino las que combaten con más determinación por el horizonte vital que consideran más valioso en cada uno de los casos. Abandonada por su novio, que finalmente dice preferir a su hermana (la tía del niño), y llena de rabia y dolor por la muerte de su hijo, la mujer que conduce el relato lleva su causa hasta el extremo de la enajenación (a punto incluso de convertirse en asesina) y de la locura (la relación final que establecerá con el hijo de la hermana).
Desde esta perspectiva, el retablo de retratos femeninos que ofrece la película es de una notable modernidad en abierto desafío contra la preponderancia patriarcal impuesta por la dictadura religiosa iraní y a pesar, incluso, de la presencia del hiyab (una realidad, en cualquier caso, de aquel paisaje social), si bien debe hacerse constar que en esta película todo el país parece funcionar de manera ideal y legal: la institución educativa, los hospitales e incluso la judicatura, lo que acaba por componer una radiografía social sospechosamente idealizada. Al mismo tiempo, la construcción dramática y la puesta en escena de la historia llevan fatalmente la película a un territorio casi lindante con el folletín melodramático que devalúa por completo el alcance de la propuesta, cuya presencia en la sección oficial del certamen se antoja otro capricho más de los seleccionadores, no tanto por cuestiones ideológicas, como por la escasa entidad fílmica del resultado.
Àngel Quintana
En el cine iraní reciente que se proyecta en los festivales suelen convivir dos formas contrapuestas de entender el cine. La primera encarnada este año en Cannes por la figura de Jafar Panahi, discípulo de Abbas Kiarostami, se centra en la búsqueda de espacios simbólicos, en el trabajo minimalista y el fuera de campo para convertir lo pequeño en hermoso y acabar confiriéndole una cierta dimensión política. En cambio, hay una segunda forma encarnada por los melodramas de Asghar Farhadi que se ha impuesto en Occidente, que apela a las normas del melodrama, la construcción psicológica de los personajes y un fuerte apego a las leyes de la causa-efecto. Woman and Child, de Saeed Roustaee, director que ya estuvo en la competición de 2022 con Leila’s Brothers, podría ser un buen ejemplo de este segundo modelo ya que funciona como un melodrama canónico en el que todo se encadena hacia situaciones límite. La película sigue el calvario de una madre coraje que trabaja de enfermera, vive sola tras haber enviudado con dos hijos y busca una salida vital. Su hijo mayor tiene problemas en la escuela y debe estar unos días en casa de su suegro. Un trágico accidente llevó a la muerte del hijo. A partir de este hecho, la película investiga dónde está la base de la culpabilidad, quiere saber si el suegro tuvo alguna responsabilidad en el hecho o si todo sucedió porque el niño no debía haber sido nunca expulsado de la escuela. La mujer se enfrenta a un mundo masculino y busca una forma de superar el duelo y encontrar la reconciliación. Woman and Child podría funcionar como un melodrama popular, pero la construcción psicológica de los personajes es demasiado estereotipada, algunas decisiones tomadas por la madre como acto de venganza no acaban de encontrar su lógica y todo parece resquebrajarse a la búsqueda de un happy end.








