Carlos Losilla
La Grève (La huelga), la película de Gabrielle Stemmer, es la encargada de cerrar este primer programa de cortometrajes de la sección Zabaltegi-Tabakalera de este año. Para empezar, no es un corto estrictamente hablando: dura 55 minutos, lo que tiene que durar, sin parar mientes en las convenciones de los formatos ortodoxos, de manera que ni siquiera es un mediometraje y podría considerarse perfectamente un largo; incluso nos podemos preguntar por qué no se ha programado como tal. Pero luego viene lo más importante, pues se trata de una verdadera bomba, una adaptación del libro La carne es triste, de Ovidie (publicado en España por Alta Marea), que a su vez constituye uno de los manifiestos feministas más combativos y violentos de que se tiene noticia: un relato de la huelga sexual de la autora, que en un momento dado decide renunciar a las relaciones íntimas con su entorno masculino –Por qué dejé de follar con los hombres, se subtitula el texto– y se dedica a explicar sus motivos. El camino, por supuesto, finaliza en una identificación de ‘lo masculino’ en sentido tradicional con el ‘imperialismo’ –es más complejo que eso, por supuesto, pero déjenme simplificar– y la película resultante debería bastar por sí sola para lograr que se tambaleara el statu quo, sea eso lo que sea. Sin embargo, ¿por qué el de Stemmer es un film rabiosamente político? Pues porque no existe como tal, se refiere siempre a algo que no vemos en pantalla: ante la imposibilidad de ilustrar tal discurso, ni desde el documental ni desde la ficción, La Grève recurre a noticiarios, publicidad, imágenes convencionales de mujeres convencionales, exactamente aquello que no puede soportar. Y así –simplificando de nuevo– la ausencia es otra acusación: ¿por qué no existen esas imágenes?
Y la ausencia como tal es también el hilo conductor que une el film de Stemmer con los cortos –esta vez sí– igualmente programados en esta sesión. Variaciones, de Lur Olaizola, se entrega en cuerpo y alma a representar el duelo mediante narraciones que algunas mujeres se cuentan unas a otras. Los muertos no están, por supuesto, pero quedan las palabras y las historias. Y las Variaciones Goldberg de Bach sirven de hermosa armazón para esta película melodiosa, de estructura claramente musical, más una elegía que un relato. Sin embargo, la sensación es la misma: ¿dónde están las imágenes precisas, concretas, para representar según qué? ¿Y por qué el cine contemporáneo no parece disponer de ellas? Esa es también la reflexión de Bo Hanxiong en No One Knows / Dissapeared, donde otra mujer –atención– deambula por paisajes indefinidos, lejos de su hogar, del que parece haber huido. ¿Por qué se nos cuenta esa errancia y no sus motivos? En Dieu est timide, de Jocelyn Charles, un chico y una chica viajan en tren, hablan de historias que tampoco vemos, pero que de vez en cuando toman posesión de la pantalla, todo ello representado con una animación crispada, que parece querer explotar delante de nuestros propios ojos para dar a ver otras visiones que, sin embargo, nunca llegan a comparecer. Pues, de hecho, es el cine mismo el que no existe, o el que se impugna, en estas propuestas. O mejor dicho: el cine convoca sombras de lo que es porque lo que es ya no puede ser ni formarse como imagen. En esa lucha parece estar empeñada –empiezo a pensar– Zabaltegi este año, pero es una hipótesis que aún no puedo confirmar, por mucho que películas ya vistas la insinúen y estos ‘cortos’ la apuntalen. Así pues, continuará.











