Carlos Losilla

A veces lo mejor de algunas películas es que sirven para explicar otras películas. No es el caso de Fiume o morte!, que tiene muchas más virtudes, pero no se puede negar que el film, que ha servido de clausura para la selección de Zabaltegi de este año, también guarda numerosos puntos de contacto con algunos otros que la han conformado e incluso prolongado más allá de sí misma. Como Bajo las banderas, el sol, se trata de un documental acerca de un periodo histórico concreto, explicado a través de algún protagonista ilustre, el dictador Alfredo Stroessner en el film paraguayo, el poeta fascista Gabrielle D’Annunzio en el croata. Y si hablamos de ‘documental’, ese género dudoso, la película de Igor Bezinovic enlaza con el tratamiento esquinado de ese mismo registro que aparece en Historias del buen valle, de José Luis Guerin, y sobre todo con el que ostenta una propuesta tan peculiar como Joan of Arc, de Hlynur Pálmason. Pues también aquí se trata de proponer un ejercicio alejado de toda norma: narrar la ocupación de la ciudad de Fiume por parte de D’Annunzio y su pequeño ejército de ‘legionarios’, descontentos con el hecho de que pasara a manos yugoslavas tras la primera guerra mundial, entre 1919 y 1920. Sin embargo, Bezinovic se niega a realizar un documental al uso, sitúa su punto de vista en la más estricta actualidad y se pasea por Fiume –hoy Rijeka, en Croacia, ciudad natal del director– con la intención de realizar un casting para la elaboración de un proyecto decididamente singular. El resultado no es tanto un documental como la puesta en duda del género, no tanto un film histórico como una relectura del género, no tanto una película política como el cuestionamiento de ese concepto resbaladizo.

El film renuncia a la típica voz en off que ilustra documentos de la época pero aun así utiliza todos esos elementos. Sin embargo, la voz no será la del cineasta, ni la de un profesional, sino que varios ciudadanos de Fiume/Rijeka se la irán turnando, del mismo modo que el papel de D’Annunzio pasará de mano en mano entre varios habitantes actuales del lugar. Y las fotografías y filmaciones de aquel momento histórico que se conservan no actuarán únicamente como ilustración de un discurso, sino que deberán enfrentarse a su reconstrucción, siguiendo incluso en algunas ocasiones las convenciones del cine histórico. De todo ello surge un híbrido apasionante que no se presenta únicamente como tal. Lo que queda, de entre las ruinas de la representación, es un puzle multicolor, dotado de múltiples aristas y también de un saludable sentido del humor, como sucedía con el tratamiento del material documental de Bajo las banderas, el sol. A la vez, como en Joan of Arc, hacer cine se transforma en un juego, en una puesta en escena en abismo de la Historia que deja al descubierto su carácter absurdo, a la vez que la reescribe: el nacimiento de los fascismos posteriores –Mussolini fue uno de los grandes admiradores de D’Annunzio– depende de este gesto aparentemente impulsivo, del mismo modo en que el actual auge de la extrema derecha –lo decíamos a propósito de Bajo las banderas…– se revela mucho menos sorprendente de lo que pudiera parecer. Todo estaba ya ahí desde hace muchos años. Como lo estaba un apunte inquietante acerca de las relaciones entre arte y fascismo, entre cine y totalitarismo, que en el film de Bezinovic adquiere toda su ambigüedad: en el fondo, D’Annunzio quiso que su loca aventura fuera la obra de arte total, la gran performance que iba a terminar con la literatura narrativa tal como se conocía en su época. ¿Y acaso un determinado cine ‘abierto’ y ‘radical’, como el que ha propuesto Zabaltegi,  no persigue también objetivos parecidos?