Posts Tagged ‘Kirill Serebrennikov’

Tchaïkovski’s Wife (Kirill Serebrennikov). Cannes 2022 – Sección Oficial (A concurso)

Desde el año 2012 llevaba Kirill Serebrennikov tratando de poner en pie un proyecto que a las autoridades políticas del país (bajo el mandato de Putin) les ponía los pelos de punta por el hecho de que la historia ponía al descubierto la homosexualidad de Tchaïkovski, algo que consideraban inaceptable. Ya se sabe que en los regímenes autoritarios no existe la homosexualidad, y mucho menos si a quien se quiere retratar es a una icónica figura nacional rusa del siglo XIX. Pero el foco de la nueva película del cineasta perseguido por Putin no está en el músico, sino en su esposa, y la homosexualidad (real) del compositor no es aquí más que el pretexto para explicar el rechazo de Tchaïkovski a su mujer, verdadera protagonista de un film que estudia, esencialmente, la alienación –hasta la locura– de una figura femenina (Antonina Miliukova) atrapada, primero, en la fascinación que sobre ella ejerce el aura y el prestigio del músico y, después, en su patológica dependencia emocional de un hombre que la rechaza, y con el que nunca llegó a tener relaciones sexuales.

Itinerario de martirio casi auto afligido, por la incapacidad de la protagonista para asumir la realidad ficticia de su matrimonio, la película bascula hacia el barroquismo y el exceso propios de su director, y se desequilibra por acumulación de momentos que se quieren intensos y desgarradores casi de continuo. Entre medias, sin embargo, Serebrennikov encuentra imágenes poderosas sin necesidad de impostar la puesta en escena (¡esos planos de Antonina tras el cristal, en la estación desde la que Tchaïkovski se marcha en el tren!; atravesados por una dolorosa belleza; planos que devienen hermosa metáfora de la cárcel mental en la que vive el personaje), y consigue, de forma intermitente, hacernos partícipes de un patético caso de alienación que, ¡ay!, solo por momentos, nos permite recordar la inolvidable El diario íntimo de Adele H (1975), en la que la hija de Victor Hugo deambulaba doliente y enajenada por la pantalla, bajo el rostro de Isabelle Adjani, igualmente convencida de ser la esposa de un joven teniente británico, destinado en Halifax, que no quiere saber nada de ella, también a finales del siglo XIX. Pero allí donde Truffaut lograba conjugar al unísono y de manera armónica una fuerte dimensión literaria, un romanticismo enfermizo y una mirada empática hacia su protagonista, Serebrennikov parece contemplar a Antonina, la mayor parte de las veces, como una criatura patológica, víctima de una ceguera y una pasión incomprensibles. Y por ahí se abre una de las vertientes más debatibles de un film que, en sus mejores momentos, sabe hacer convivir dentro del mismo plano la realidad y las alucinaciones de su protagonista, tal como sucede ya en el prólogo, donde un brillante hallazgo de puesta en escena corre el riesgo –desde otro punto de vista– de dejar sentada, por anticipado, la tesis que condena irremediablemente a su protagonista.

Carlos F. Heredero

En 1971 Richard Chamberlain interpretó a Piotr Tchaïkovski, mientras que Glenda Jackson era Antonina Miliukova en la película de Ken Russell, La pasión de vivir. Como es sabido a Ken Russell le gustaba el exceso y mostraba a Antonina como una ninfómana que se casó con un músico homosexual que tenía una relación con un notable conde ruso. Ken Russell fue un gran barroco del exceso y es lógico que el cineasta Kirill Serebrennikov exija su venganza -o su puesta al día de la misma historia- a partir de la concepción de otra forma de barroquismo. Tchaïkovski’s Wife es una película rusa, rodada por un cineasta disidente de Vladímir Putin instalado en Múnich, donde pretende destruir desde la propia mitología rusa la leyenda del creador de la música de El lago de los cisnes. El punto de vista no es, como en la película de Russell, la figura de Tchaïkovski, sino la de Antonina, una joven que está en el conservatorio, declara su amor al músico y acaba casándose con él. El músico acepta el trato con la condición de proscribir toda relación sexual. A medida que la relación se complica y se hace evidente la homosexualidad del músico, la historia de amor de Antonina no es el delirio de una ninfómana -como en la película de Russell- sino la historia de un amor fou no correspondido y marcado por la frustración. Antonina cree que los amores de Eugene Onegin fueron inspirados por su obsesión, persigue a Tchaïkovski hasta donde puede y al no poder materializar su deseo busca otros amantes. Serebrennikov juega con una apabullante puesta en escena centrada en largos planos secuencia, más cercana a los delirios de Petrov’s Flu que a la austeridad de Leto. En algunos momentos su película tiene una gran intensidad, es brillante y compleja, sobre todo en el retrato del personaje de Antonina, pero en cambio es tibia y distante ante la figura de Tchaïkovski, que aparece como el maestro egoísta que rechaza a la mujer, pero que no profundiza en su psicología, ni en su lugar en la corte rusa del momento. Serebrennikov crea sus coreografías particulares que a veces funcionan y otras caen en una cierta retórica de lo gratuito, como si la sombra de Ken Russell fuera difícil de borrar.

Àngel Quintana

 

Petrov’s Flu (Kirill Serebrennikov). San Sebastián 2021 – Zabaltegi

Les sugería hace poco, en la reseña de Bad Luck Banging or Loony Porn, la película-bomba de Radu Jude, que el exceso parece haberse instalado en determinado cine contemporáneo. Pero hay excesos y excesos, y no es lo mismo la provocación histérica de Jude que el delirio audiovisual que propone Petrov’s Flu, último largo de Kirill Serebrennikov (tras la melancólica Leto), basado en la novela de otro revoltoso, el joven escritor Alexey Salnikov. La excusa es que Petrov, el protagonista, tiene la gripe y, por lo tanto, también derecho a la alucinación, algo que se traslada a las propias imágenes desde el principio. Pero la verdad es que el film extiende esa condición pesadillesca a todos los ámbitos en los que se despliega y el resultado es ciertamente inusual, también muy notable, precisamente porque todo se juega en un incierto terreno neutral: aquel que pretende mostrar los intentos de Serebrennikov por poner un poco de orden en ese caos.

El tal Petrov es un dibujante de cómics reconvertido en mecánico, a punto de divorciarse, y lo que le ocurre es una travesía mental no solo por la ciudad, pasando por lo que fue su hogar, sino también por la historia de su país desde los años setenta, en su infancia, hasta los posteriores a la caída de la URSS. Por supuesto, el film no tiene vocación historicista alguna, ni mucho menos recurre a la épica o el intimismo metafórico para resolver sus tensiones. Al contrario, las asume sin complejos y las reconvierte en un flujo de conciencia regido por una subjetividad radical, no se sabe muy bien de quién o qué, quizá la de las propias imágenes, que cobran así vida y voluntad propia. El pasado y el presente, la realidad y el sueño, la percepción y sus desvaríos, se suceden así sin aparente orden ni concierto, hasta que pequeños detalles, frases que se repiten o situaciones reconsideradas desde otro punto de vista, empiezan a otorgar sentido al relato. Y es entonces cuando advertimos, entre sorprendidos y descolocados, que todo lo que hemos visto no es más que la historia de un hombre obsesionado por una imagen de su infancia, la crónica de un país anclado en una época que a la vez denuesta y añora. ¿Joyce pasado por Fellini o Proust sometido a una dieta de rock eslavo? En todo caso, un film capaz de dar sentido por sí solo a una sección festivalera como la que lo alberga.

 

Petrov’s Flu (Kirill Serebrennikov). Cannes 2021 – Sección Oficial (A concurso)

Kirill Serebrennikov, director de la espléndida Leto, estuvo arrestado -en régimen de confinamiento domiciliario- por el presunto fraude del dinero de una subvención para un montaje teatral. Serebrennikov que, a parte de cineasta, es una de las figuras clave de la escena teatral rusa, ha rodado Petrov’s Flu después de su confinamiento, casi como si fuera una operación personal de catarsis frente al aislamiento y a las pesadillas generadas por su situación política. Petrov’s Flu es, como indica su título, una película en estado febril permanente. Parte de una novela del escritor estonio, Aleksey Salnikov, publicada en 2016, que generó una cierta polémica en Rusia porque los estonios no se miran como extranjeros respectos a si mismos -en el sentido de Camus- sino personajes encerrados en su mundo, para los que el infierno no son ellos, sino que son los otros. Petrov, el protagonista del relato, es un dibujante de comics que trabaja de mecánico, y que se encuentra delirando junto a su mujer -una bibliotecaria encargada de un club de lectura- y su hijo menor, a los que ha transmitido la gripe -u otro virus-. La fiebre -como metáfora también del COVID- altera el espíritu de cada uno. Afloran las imágenes del pasado, transforma su percepción del presente, las relaciones con su entorno. El mundo cotidiano adquiere unas reminiscencias fantasmagóricas.

En la película, los delirios se articulan en torno a la fiesta de año nuevo que, en la pequeña ciudad industrial rusa donde transcurre la acción, está enmarcada por el ritual de la Reina de las nieves. A partir de esta premisa, Petrov’s Flu estalla como un conjunto de imágenes incoherentes donde se mezclan deseos, sueños, pesadillas, ataques de violencia… en una especie de collage de imágenes delirantes y excesivas. No es preciso buscar una coherencia a las imágenes que no vaya más allá de la sensación de rabia e impotencia del director porque la obra es como si quisiera plasmar su pesadilla interior vivida, sumándole el sustrato de la novela  y mezclando imágenes de la extinta U.R.R.S. y de los años posteriores, surgidos de la Perestroika. El tono es excesivo, marcado por  una puesta en escena delirante, articulada a partir de numerosos planos secuencia. Durante toda la película vemos a esos “otros” vistos como extraños, en estado de borrachera permanente mientras estallan sus instintos más violentos. Todo acompañado de una banda sonora en la que la música de acordeón se entremezcla y fusiona con algunos apuntes de rock.  La borrachera visual y sonora acaba provocando al espectador una sensación de impotencia y extrañamiento. La película acaba superándonos, nos abruma, nos cansa y se incrusta en nuestro cerebro como una gran pesadilla. Pero ya lo dijeron hace años los viejos del lugar, cuando se vive un confinamiento demasiado largo, cuesta mantener la cordura.

Àngel Quintana