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Enseñanzas para el presente.

Carlos F. Heredero.

No ha sido algo deliberado, sino el fruto de un hallazgo feliz. No estaba concebido este número de Caimán Cuadernos de Cine para poner a dialogar entre sí a dos cineastas tan diferentes, de épocas tan distintas y de culturas tan alejadas –y casi siempre tan ajenas– entre sí como Nicholas Ray (un fulgurante maverick del clasicismo norteamericano, que sobrevivió al ocaso del viejo Hollywood) y Abbas Kiarostami (un creador emblemático de los cines periféricos que emergen, para Occidente, a comienzos de los años noventa del siglo pasado). No era éste el propósito inicial. Y, sin embargo…

Sin embargo, las mejores enseñanzas que uno y otro nos pueden transmitir confluyen y conversan de forma enriquecedora en nuestras páginas cuando, al recoger la actualidad más viva de este mes, descubrimos algunos aspectos decisivos de sus respectivos testimonios: el de Nicholas Ray, mediante la evocación calidoscópica de lo que significa –y de lo que implica como ejemplo– su famosa película inacabada y recientemente restaurada (We Can’t Go Home Again, que está circulando por varias filmotecas españolas), y también a través de una valiosa entrevista cuya integridad se publica aquí por primera vez en nuestro país; el de Abbas Kiarostami, mediante la transcripción y la síntesis de sus lecciones impartidas en un taller de creación recientemente celebrado en el IBAFF de Murcia.

Es el privilegio, y también la gran lección de los grandes, de los verdaderos maestros: su capacidad para proyectar, mucho más allá de sus películas, lo más valioso que le pueden legar no solo a sus contemporáneos, sino también a las generaciones posteriores y, sobre todo, a los más jóvenes de hoy (cineastas y espectadores). Porque Abbas Kiarostami y Nicholas Ray nos dicen casi al unísono (uno en su taller; el otro en su película y en su entrevista) que el cine no es difícil de hacer ni de aprender, que no hay que tener miedo, que es preciso romper con las viejas ataduras, que es imperativo salir a la calle para filmar lo que está sucediendo aquí y ahora (Ray lo hacía con la urgencia del vídeo: filmaba las elecciones, los ciudadanos que votaban, los juicios políticos, las emociones más íntimas de sus alumnos; Kiarostami lo fomenta con la inmediatez del digital: filma a los obreros trabajando, a la naturaleza en acción). Los dos nos recuerdan que el valor de las películas no está en su ortodoxia narrativa, sino en su capacidad de filmar y transmitir el pulso de la vida, que la fuerza de las imágenes no reside en su ilusoria armonía, sino en su capacidad para descubrir o capturar aquello que nuestros ojos no aciertan a distinguir en lo real.

De forma imprevista, un viejo cineasta clásico y un maestro contemporáneo se ganan a pulso la portada de nuestra revista cuando los dos colocan en primer término una voluntad pedagógica que no está hecha de dogmas académicos, sino que vibra –y se transmite– al compás de la experiencia, que no quiere enseñar a conseguir el éxito, sino a filmar con autenticidad, que no busca imponer ninguna autoridad, sino que intenta compartir “la textura de la vida” (como dice Ray), la certeza de que “la cámara cambia la realidad para expresar otra realidad dramática” (Kiarostami dixit). Lecciones que nos ayudan –a los cineastas y a los espectadores de hoy– a no conformarnos con la realidad actual, a seguir buceando en su trastienda más oscura y a cuestionar sus flagrantes contradicciones.