¿Qué puede hacer el cine frente al horror? La pregunta, que recupera Jean-Michel Frodon para este número de la revista en su texto sobre el genocidio en Palestina, persiste, intacta y urgente, después de tanto tiempo. Volvemos a ella sin respuestas, igual de desconcertados que cuando Adorno o Ricoeur alertaron del riesgo de la estetización del mal, de su banalización y simplificación. Igual de conmovidos que cuando Susan Sontag advirtió de la ambivalencia de las imágenes frente al dolor ajeno (las que vemos a diario en los telediarios, por ejemplo), entre la capacidad para conmover y la de insensibilizar o anestesiar. Volvemos a la pregunta hoy para reconsiderarla desde los parámetros actuales y, tal y como dice Frodon, poder reivindicar un papel a desempeñar por el cine “como arte del tiempo, de la huella, del índice, de un ‘esto ha sido’; el cine como ‘refugio del tiempo’ según la fórmula de Jean-Luc Godard”. Incluso, tal y como propone también Frodon, para tratar de buscar las formas de ir más allá de la inmensidad del dolor y el sufrimiento y para que el cine “contribuya a edificar un futuro menos trágico”.
Precisamente en este sentido resulta revelador y en cierto modo hasta alentador, el estreno en salas de Un simple accidente, la nueva película de Jafar Panahi (Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes). Porque quizá no hay en ella una mirada a un futuro ‘menos trágico’ (el horror resuena siempre de fondo), pero sí una sólida y coherente reflexión sobre lo que se muestra y lo que queda fuera de campo cuando se trata de la representación del terror y de las perversas formas que adquiere. Panahi lleva años pensando el cine como forma de resistencia política frente a la censura o la privación de libertad. Cuenta el propio cineasta que ha sido su segunda experiencia en prisión (fue liberado en 2023 tras una huelga de hambre) y el fuerte impacto que le produjo conocer las experiencias vitales de las personas con las que allí coincidió, lo que da origen a una película que es necesariamente coral. A partir del dilema moral en torno a la justicia cuando las víctimas se topan (azarosamente) frente a su torturador, la película da voz a distintos grupos de oposición al régimen mientras hace resonar de fondo algunas de las conquistas del movimiento ‘Mujer, Vida, Libertad’ (el que comenzara en otoño de 2022 tras la muerte de Mahsa Amini) que se reflejan, por ejemplo, en el hecho de que las mujeres de la película no lleven hiyab tampoco en las secuencias de exterior.
Panahi ha vuelto a rodar sin permisos, de manera clandestina y con recursos muy limitados, una película que conecta además, y de manera directa, con el pensamiento de Hannah Arendt en torno a la banalidad del mal. Porque la representación del horror no pasa nunca en Un simple accidente por la exhibición directa de la violencia, sino por la puesta en escena de sus estructuras y efectos cotidianos. Panahi ilustra así ese ‘desplazamiento’ de Arendt que reconduce la mirada del verdugo hacia el sistema, del monstruo al engranaje y coloca a sus espectadores en una posición ética activa. Y entonces… puede ser quizá que, finalmente, haya algo en la mirada de Panahi que nos acerque a un futuro ‘menos trágico’. Lo hay por su capacidad para no renunciar nunca al humor y para mostrar la persistencia de formas de vida y de relación con el otro que escapan al horror. Pero también, y sobre todo, por su activismo en la vida y en el cine. Por ser, como dice Roger Koza en el texto que dedica a su trayectoria, un cineasta que desobedece, que filma sin medir las consecuencias, desde el límite…
Jara Yáñez








