Carlos Losilla

Decíamos hablando de Schwesterherz, otra de las películas de Zabaltegi de este año, que ni el fondo ni la forma en exclusiva, de existir, pueden justificar una película por sí solos. En aquel film, la fuerza del tema parecía pasar por encima de todo. La Tour de glace, el último film de Lucile Hadzihalilovic, es el ejemplo contrario: aquí se trata de un despliegue formal tan abrumador –como sucede siempre en el cine de su autor– que de él debe emanar forzosamente el ‘discurso’, otra dudosa palabra. Los lances argumentales son mínimos: una pobre chica que quiere conocer a la Reina de las Nieves, la del cuento de Andersen, acaba introduciéndose en un extraño rodaje en el que una actriz misteriosa impone su ley. Por supuesto, la película quiere hablar de la introducción en un universo obsesivo, de la puesta en duda de la realidad misma, de la iniciación a la vida y el dolor que conlleva, incluso del papel que desempeña el cine mismo en ese proceso… ¿De qué habla en realidad? De un mundo frágil que sin embargo absorbe, también a la audiencia, que se ve así introducida en una estética envolvente que a su vez le impide pensar en otra cosa que no sea ella misma. De eso que llamamos ‘esteticismo’. Y de si eso es o no la razón de ser de un film como este (en realidad, de la filmografía entera de Hadzihalilovic). ¿Lo es?

En esta película, la forma es el contenido, y de una manera literal. No es que de ella surjan temas y cuestiones. Es que los niega para que brille lo único que puede brillar: calles iluminadas tenuemente, una ciudad entera siempre inmersa en una noche eterna, un plató que parece fuera del mundo, unos rostros que proceden de un lugar que desconocemos, la protagonista caminando lentamente, Marion Cotillard (la Reina de las Nieves) mirando al infinito como si no existiera otra cosa, sangre sobre la nieve y nieve sobre los cuerpos… Esa es la única justificación posible para que exista La Tour de glace: la construcción minuciosa de determinadas imágenes. Y si al final me ha parecido una película tan atufada –que no densa– que apenas me deja respirar no es porque esas imágenes sean repetitivas y no vayan más allá de sí mismas, sino sobre todo porque no se saben pensar a sí mismas como imágenes de verdad. Parecen proceder de un universo que no conocemos, pero en el fondo las vemos emerger con absoluta claridad de la cabeza de Hadzihalilovic, con lo cual su presunto misterio se esfuma de inmediato. No hay en ellas nada que circule libremente, sino que todo se queda encerrado en su momificación de un mundo imaginario que no sabe sugerir apenas nada. No sé si hay ahí ”puesta en escena o no. Lo que sí sé es que la forma por sí sola, en el caso de La Tour de glace, solo da lugar a una terrorífica parálisis.