Felipe Gómez Pinto
Desde el siglo XIX, Colombia ha intentado definirse históricamente a través de una tortuosa evolución cartográfica en la que cada accidente geográfico, creación de nueva frontera o guerra representaban y enfatizaban una tradición nacida de la fractura entre pueblo y nación. Una contradicción ontológica cimentada en uno de los episodios más oscuros del país: la historia de los más de 120.000 desaparecidos. Una ausencia de explicaciones fundada en el terrorismo de Estado y el conflicto armado, pero también en la imposibilidad de representación que estos atroces crímenes han tenido en el imaginario colectivo. A partir de este vacío, Carlos Federico Atehortua teje un ensayo-documental en torno a la relación entre imagen, violencia y silencio. Una topografía inestable hecha de archivos, animaciones, escenas oníricas y grabaciones domésticas en la que convergen las heridas de tres historias: la desaparición de su tío en la década de los ochenta, el asesinato de una mujer trans y la recuperación de su memoria a través de la ficción por parte de la activista queer Katalina Ángel y el trabajo forense de Karen Quintero en la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas.
Si bien el enfoque de su obra anterior, Pirotecnia (2019), partía de la oposición entre imagen y relato, el núcleo formal de esta película no contrapone la historia, sino que la encarna. La narración en voz en off se entrelaza en una constelación de estilos, lenguajes y formatos que sitúan y bordean el abismo de la incertidumbre simultáneamente. Tres puntos de vista construidos en una búsqueda, más o menos incierta o errante, de la tecnología del tiempo y conectados por un mismo interrogante: ¿Quién hasta ahora ha podido saber lo que puede la desaparición de un cuerpo? En esta paráfrasis de la Ética de Spinoza se localiza no solo la especificidad del crimen, sino la idea de que las desapariciones pueden ser parte de un proceso de restauración democrática. Porque, como dijo Luis Ospina, la ausencia de memoria es la muerte, así que no basta solo con mirar, sino que hay que aprender a sostener la atención en lo que no está para leer las huellas de un paisaje que aún no termina de revelar todo lo que esconde.











