Àngel Quintana

Cierta doxa en torno a la Shoah ha acabado estableciendo diferentes parámetros sobre la moral de las imágenes. Aunque un travelling es siempre una cuestión moral, quizás es preciso repensar la doxa y observar cómo en una época de mutaciones de la hipotética verdad de las imágenes se impone la necesidad de preguntarse qué entendemos por una mirada justa y necesaria que puede convertir una película en algo más que una película e implicarla en un compromiso ético frente la crueldad del mundo. La voz de HInd es una película que va más allá de las habituales batallas críticas sobre el gusto para plantearnos algunas cuestiones claves sobre la ética de las imágenes. Es una película cruel, que contiene una denuncia contundente y necesaria para desafiar los negacionismos estúpidos. No obstante, también es una obra que plantea cuestiones interesantísimas sobre la relación entre un documento fílmico y la ficción. Como en Cuatro hijas, Kaouther Ben Hania forma parte de una serie de fórmulas experimentadas en el teatro documental o verbatim.  Hay un documento real, en este caso el registro sonoro de la voz de una niña atrapada en un coche en Gaza después de que un raid israelita haya matado a sus tíos y primos. El documento es mostrado como tal, respetado, sin alteraciones y dispuesto a dialogar con un texto dramático. Ben Hania reconstruye parte de las conversaciones reales entre un equipo de rescate de la Media Luna que estaban operando en Cisjordania. Junto a estas conversaciones crea una serie de tensiones dramáticas ficticias que tienen lugar en un despacho. Al margen de la situación adrenalítica que implica la lucha por salvar la vida de la niña, hay un segundo nivel de tensión centrado en la rigidez de los protocolos de salvamiento, su utilidad y el miedo de la autoridad responsable para que la operación de rescate no se convierta en una trampa mortal.

Lo mejor de la película reside sin duda en el diálogo que se establece entre drama y documento, en cómo una palabra real agónica resuena en el sistema de trabajo de un grupo de operadores especializados en salvar vidas. La ética de la película en este punto es impecable. Bajo ningún precepto, el debate reside en discutir  cómo una ficción puede tergiversar la realidad, porque el documento se impone siempre como huella de lo que existió. Lo que hace la ficción ficción es jugar sus bazas, acompañar el documento. Tampoco existe el debate entre mostrar o no mostrar, ni la cuestión de hasta qué punto ante la barbarie lo importante es regresar al cine de la crueldad. El elemento que hace que en algún momento la película pierda consistencia y que caiga en cierto nivel de sentimentalismo reside en la construcción de la identificación espectatorial.  El relato real está marcado por la angustia, por un tiempo contrarreloj y por los movimientos posibles de salvación que pueden llevarse a cabo por la voz de los miembros de la Media Luna. Este relato cuenta una historia individual terrible,  que es tan dura como muchas otras historias posibles que han sucedido desde octubre de 2023 en la franja de Gaza. El relato individual de la salvación de una niña hace que haya una deriva del drama hacia la creación de empatía, hacia la transmisión de una angustia que debe provocar una toma de conciencia por parte del espectador. En algunos momentos el drama aparece forzado, como si quisiera subrayar de forma innecesaria la brutalidad del documento. De todos modos, Kaouther Ben Hania es muy consciente del poder de la ficción, de cómo la huella de lo real sacude el poder de atracción del drama. Durante toda la película no vemos, oímos e imaginamos lo inimaginable. Al final, aparecen unes imágenes que fuera de contexto serían parecidas a las que cada día vemos en los noticiarios cuando estamos tomando nuestra cena. Ante las imágenes de televisión, a veces, cerramos los ojos, pero otras veces continuamos cenando. Ante las imágenes finales de la película, puestas en contexto, es imposible quedar insensible. Lo inimaginable, aquello que la doxa de la moral demonizó, surge ante nuestros ojos. Y la presencia de la crueldad en estado puro sirve para certificar que lo que sucede en Gaza es un genocidio, un acto depravado pensado para arrasar y exterminar a toda una comunidad  negándole cualquier tipo de ayuda humanitaria. La voz de Hind muestra cómo el mal no es banal, sino terriblemente inhumano y depravado.