Àngel Quintana

La novela de Giuliano Da Empoli (Gran premio de novela de la Academia francesa, 2022) parte de un personaje de ficción Vadim Baranov para llevar a cabo una especie de ensayo documental sobre los últimos años de la historia rusa, centrándose sobre todo en el proceso de creación de la figura de Vladímir Putin. Baranov (inspirado entre otros personajes en el primer jefe del gabinete Putin) se presenta como un director de teatro vanguardista, un especialista en reality shows televisivos que lleva a la práctica una cínica visión de los mecanismos del poder para alimentar a su zar (Valdímir Putin) hasta conseguir que Rusia no se convierta en la Disneyland llena de oligarcas de la era Yeltsin y pueda devolver la verticalidad de poder al Estado y una gran preocupación para devolver el viejo peso nacionalista a la gran Rusia. El discurso de la novela es potente porque a partir de su análisis nos permite entender la preocupación de Putin por la deriva europeísta de Ucrania, la creación de guerrillas paramilitares como la guerrilla Wagner o el cinismo de un Putin que se beneficia de las tácticas de manipulación de masas de la telerrealidad para acabar imponiendo un sentido de la política que pasa por reconsiderar el valor militar.

Olivier Assayas, con la ayuda del escritor Emmanuel Carrère, ha decidido adaptar una difícil novela-ensayo para construir una ficción que nos permita entender mejor la realidad y descubrir las estrategias de poder de una Rusia que devolvió un poder central al Estado por encima del poder del capital. El mago del Kremlin se presenta como una gran producción hablada de forma discutible en inglés e interpretada por estrellas como Paul Dano como Baranov y Jude Law como un caricaturesco pero efectivo Putin. A partir de las conversaciones entre un Baranov destituido del poder y un periodista norteamericano entramos en un relato que en su primera parte cae en ciertos excesos. Los puntos débiles de la película están en su primera parte, en la que Rusia es presentada como una especie de orgía permanente de la democracia postcomunista. Baranov vive en un mundo excéntrico, mientras a su alrededor se acumula la riqueza. Assayas se mueve en la caricatura, sobre todo en el relato de las borracheras de Borís Yeltsin y su desgaste político. Yeltsin es presentado como el político que llevó a Rusia hacia un modelo ultraliberal que era necesario frenar. A partir del momento en que aparece la figura de Putin para poner orden en el caos, la película avanza de forma eficaz con buen pulso narrativo. Assayas nos va adentrando a partir de diferentes capítulos por algunos momentos claves de la historia rusa del siglo XXI desde el hundimiento del submarino Kursk en agosto del 2000, la guerra de Chechenia o las reacciones de las autoridades rusas ante las primeras manifestaciones de la plaza Maidan de Kiev en 2004 hasta llegar a la anexión de Crimea. En cierto modo, la película podría ser como una crónica de la toma de poder por un nuevo zar, centrada en los cocineros que acabaron dándole forma. Assayas desplaza más hacia lo ficticio del relato, incrementa el peso del personaje de Baranov, pero no cesa de transitar hacia una disección de los sistemas de poder que en algunos momentos es brillante y en otros cae en cierto exceso.