Cristina Aparicio

Al inicio de Nighttime Sounds, la maestra de un coro infantil explica a los niños la importancia de cantar con una emoción que concuerde con lo cantado. Para ella, no es una cuestión de afinación ni entonación, es la manera de expresar un sentimiento, de transmitir con la voz lo que late en el corazón. Quizá esta sea la razón de que el segundo largometraje de Zhongchen Zhang sea un film de susurros, de palabras dichas en voz baja. Pero también de destellos, de brillos que apuntalan la noche, focos que iluminan la especie de limbo terrenal en el que parece transcurrir esta historia. Hay una atmósfera fantasmagórica que confunde lo real y lo imaginado. En la quietud de ese lugar que está vivo y muerto a la vez, florecen los secretos y las heridas que la memoria consigue cicatrizar. A pesar de la ausencia de grandilocuencias formales, dos instantes al final de la cinta destacan por coquetear con el realismo mágico: el viaje astral de una capa de agua llena de luces que recorre todos los lugares que han aparecido en el film, y la forma en que se trasladan a la imagen las voces que una madre sumida en la tristeza escucha dentro de su cabeza. Ambos momentos se sitúan en esa fina línea que separa lo vivo de lo muerto. Ese punto medio es en el que se desarrolla Nighttime Sounds, donde la locura no paraliza ni evade de la realidad: al contrario, desarrolla la capacidad de comprender los susurros y rescatar los recuerdos que tantas veces quedan enterrados bajo tierra.