Carlos Losilla
Hay películas que sirven para poner a prueba eso que pensamos creer acerca del cine. Por ejemplo, en torno a su ‘pureza’, o en torno a la ‘puesta en escena’, o en torno a la división entre ‘fondo’ y ‘forma’. En el caso de este primer largo de Sarah Miro Fischer, sería muy fácil decir: se trata de una película que lo sacrifica todo por la prevalencia de su mensaje. Veamos. La protagonista tiene un hermano con el que se lleva muy bien. El tipo en cuestión, un mal día, es acusado de violación y ella debe testificar en el proceso de investigación. ¿Qué debe primar, los lazos de sangre o la verdad? Y es más: ¿a quién o qué hay que fiar esa ‘verdad’? ¿Qué debe hacer una mujer cuando se enfrenta al dolor provocado por ese acto de barbarie? Lo peor de Schwesterherz es que, en cierto modo, sigue ese esquema: planteamiento de una cuestión moral, desarrollo del debate interno, decisión final de la protagonista. Lo mejor es que, de alguna manera, encuentra elementos de puesta en escena que neutralizan la impresión anterior. Sin embargo, todo es más complejo.
La cineasta debutante decide, de manera inteligente y a la vez muy pragmática, centrarse en exclusiva en la perspectiva de la mujer protagonista, la hermana del presunto violador. La seguimos sin descanso, de modo que todo lo demás queda en fuera de campo, tanto su hermano como la investigación o incluso el resto de la familia, hasta que no entran en contacto con ella. He ahí, pues, una manera de actuar indiscutiblemente ‘cinematográfica’, de ‘puesta en escena’, que se superpone, negándola, a la elementalidad del esquema principal. Según esto, la ópera prima de Sarah Miro Fischer ya debería ser una buena película. No obstante, aproximémonos un poco más al detalle. La estrategia en cuestión funciona cuando logramos ser testigos de algún tipo de gestualidad delatora, cuando la cámara nos acerca al rostro de la actriz (estupenda Marie Bloching) de manera que acaba confundiéndose con su personaje, cuando desde ese lugar el film consigue transmitir su energía, como sucede también en otra de las películas vistas el mismo día en el festival –Las corrientes, de Milagros Mumenthaler– que utiliza un proceder parecido… Sin embargo, no funciona tanto cuando esa táctica deviene un tanto repetitiva y acomodaticia, cuando nos está gritando que existe, que le hagamos caso, que ella es la razón de ser de la película. Entonces todo se desmorona, para volverse a levantar cuando cualquier otra escena le otorga la fuerza que necesita. No hay pureza cinematográfica que valga, entonces: ninguna película es buena o mala en virtud únicamente de su puesta en escena o de sus decisiones formales (¿qué será eso?), como tampoco es cierto el caso contrario. En el caso de Schwesterherz, los mejores momentos se consiguen cuando esa forma se alía misteriosamente con una fuerza moral creíble, con una valentía política que encuentra la manera de canalizarse a través de las imágenes. Es decir, de una manera más bien misteriosa e inasible. El cine siempre viene desde un lugar que, en el fondo, no conocemos.











