Eulàlia Iglesias
El cuarto largometraje del quebequés Félix Dufour-Laperrière pone la animación al servicio de una temática en principio poco habitual en este terreno: el debate sobre la lucha armada tal y como se entendía en los años setenta, aunque la historia parece tener lugar en la actualidad. El punto de partida es el intento de atentado a una familia de millonarios por parte de un grupo de militantes radicales. La protagonista, Hélène, sufre una crisis ética (o la aqueja un momento de cobardía, según como se mire) en plena perpetración del ataque y huye al bosque, dejando en la estacada a sus compañeros, entre ellos a su pareja. La naturaleza se convierte entonces en el territorio en que Hélène confronta a sus demonios (hay un personaje, el fantasma de una camarada de militancia, que ejerce literalmente de mala conciencia) e imagina las posibilidades de otro tipo de vida. Y es en este largo segmento donde también parece más justificado el uso de la animación. La película resigue el flujo de conciencia de la protagonista en pleno conflicto interior dialéctico, y Dufour-Laperrière intenta plasmar su pensamiento fluctuante a través de un uso creativo de unos dibujos siempre en transformación, y de una paleta de colores muy limitada, que recuerda tanto las estampas japonesas como los gravados modernistas. Cercana a la fábula política, La Mort n’existe pas acaba siendo víctima de su excesivo hermetismo. La nula contextualización de los personajes en un momento histórico concreto, la apuesta excesiva por el discurso de tintes metafóricos y el tono aleccionador confieren una cierta opacidad y una excesiva densidad a un film que podría haber destacado como una estimulante muestra de cine de animación filosófica.








