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Han pasado quince años desde que Indy se paseó la última vez por las pantallas (Indiana Jones y la calavera de cristal, 2008) y 42 desde que inauguraba, en 1981, la posmodernidad autoconsciente en el cine de aventuras de la gran industria hollywoodense (En busca del arca perdida, 1981). Harrison Ford tenía entonces 39 años. Hoy tiene 82, pero las fisuras del tiempo –y las maravillas de la digitalización– permiten que lo podamos reencontrar, en la primera secuencia de esta quinta entrega estrenada hoy en Cannes, luchando de nuevo contra los nazis con los mismos treinta y nueve años que tenía en 1981. Acabado el combate, un salto temporal nos lo devuelve enseñando arqueología en la última clase de su vida, ya con 82 años, a punto de divorciarse de Marion (con quien se había casado en el capítulo 4 de la serie) y en el día de su jubilación como profesor, en 1969. Y ahí empieza de nuevo el carrusel, esta vez en busca del cuadrante de Arquímedes: una reliquia que, según la leyenda, permite abrir fisuras en el tiempo y viajar por él, supuesto hallazgo del sabio griego. Un objeto que, finalmente, obra el milagro de devolver a nuestro héroe al año 212 antes de Cristo, en pleno sitio de Siracusa, lo que permitirá el encuentro entre el héroe posmoderno por excelencia y el físico, matemático, astrónomo, inventor y filósofo de la civilización griega.

Las paradojas temporales se multiplican en este juego, incluida la de encontrarnos a un Indy anciano en la segunda guerra púnica, cuando las legiones romanas que sitian la ciudad griega toman al avión en el que el protagonista viaja (¡prisionero de los nazis!), por dragones a los que pueden atravesar con sus lanzas. Y quizás sea esta la manera más divertida de pensar el artefacto número cinco de la franquicia que nos ocupa (dirigido esta vez por un James Mangold meramente artesanal, tan aplicado como falto de inspiración), dado que, entre medias, y en lo meramente narrativo, solo encontramos en ella exactamente más de lo mismo: un encadenado más o menos ortopédico de vibrantes set pieces de acción (sobre los vagones de un tren lanzado a toda velocidad, por la quinta avenida de Nueva York, mientras se celebra un desfile para homenajear a los astronautas que han llegado a la Luna, por los túneles del metro con Indy a caballo, por las calles de Tánger…), como continente (realmente poco sabroso y con escaso sentido del humor) en medio del sándwich que forman el prólogo y el epílogo. El primero (situado en 1945, ya próxima la derrota de Hitler) y el segundo, de regreso a 1969 (con la nostálgica reaparición de Karen Allen / Marion, el amor del héroe desde En busca del arca perdida) dan forma, de esta manera, a la pirueta temporal que supuestamente Arquímedes había soñado, y que la factoría Lucas/Spielberg/Paramount (y ahora también Disney) han hecho posible: la fantasía de ver a un jubilado profesor de arqueología vivir, en 2023, las mismas aventuras que había vivido ya en 1981.

Los juegos temporales se pueden aplicar también a la consideración que el público joven actual (el que consume el cine de Marvel y de súper héroes) puede tener de un producto tan fuera de época como este, mucho me temo; o, dicho de otra manera: ¿cuántos espectadores contemporáneos –más allá de los que tenían quince o veinte años en 1981– podrán contemplar esta película con la necesaria distancia irónica para ver a Indy como un súper héroe capaz de viajar en el tiempo para luchar ora contra los nazis, ora contra las legiones romanas del siglo II antes de Cristo…? Lo veremos pronto… Carlos F. Heredero


Unos años después de haber enterrado el personaje de James Bond, Sean Connery dijo “nunca jamás” pero después se retractó y transformó esa negación en una afirmación: “No digas nunca jamás”. Harrison Ford no fue tan explícito después de haber rodado la cuarta parte de Indiana Jones pero era consciente de que el tiempo jugaba en su contra y que lo tenía difícil para ser ese ágil aventurero y arqueólogo. Unos años después, sin haber dicho no, cuando en la ficción vemos que Indiana Jones acaba de dar su última clase y que asiste a su jubilación, decide retomar su látigo y su sombrero para enfrentarse a un antiguo nazi peligroso que quiere cambiar el destino, a partir de un dial construido en la Magna Grecia por Arquímedes. Todo está a punto para la aventura, pero la gran cuestión que emerge en el quinto episodio de la serie no es otra que la del tiempo. Los nazis quieren cambiar el tiempo para transformar el mundo, pero Lucasfilm también pretende llevar al espectador hacia un curioso viaje en el tiempo donde lo que va encontrarse no es otra cosa que ese lugar al que todos los fanáticos de las sagas siempre quieren ir, el espacio que implica el hecho de haber estado allí.

En Indiana Jones y el dial del destino volvemos a muchos lugares conocidos, desde la gruta misteriosa llena de escarabajos hasta un barrio de marruecos donde tiene lugar una espectacular persecución. Incluso volvemos a desafiar las leyes de lo verosímil en una secuencia submarina en la que el viejo tesoro escondido está lleno de anguilas. También vuelven algunos rostros conocidos y el villano nos recuerda a otros villanos de la saga que también están allí en el lugar preciso, en el momento oportuno. La novedad no es otra que el tiempo y ese tiempo, curiosamente, no es un tiempo crepuscular. A pesar de haberse jubilado y mostrar su cuerpo flácido en una de las primeras secuencias, Indiana Jones no habla de lo que no volverá porque tiene el mundo en sus manos. En ese viaje por el tiempo, nos desplazamos hacia aquella aventura que conocimos a principios de los ochenta, pero lo hacemos en el momento en que los astronautas pisan la luna y la arqueología parece perder sentido, porque el gusto por el pasado ha dado paso al gusto por el futuro. Desde este mundo podemos viajar más atrás, hasta ese momento en que la arqueología deja de ser una serie de restos que dan cuenta de lo perdido en el pasado, para convertirse en ficción reconstruida. Arquímedes se cruza con Indiana Jones pero el destino es más poderoso que el tiempo y a pesar de todo es imposible cambiarlo, como también es imposible cambiar a ese Indiana Jones que está omnipresente en el inconsciente colectivo de toda una generación. La música de John Williams vuelve a sonar y la aventura vuelve a empezar, sin darnos cuenta de que ya habíamos estado allí. Àngel Quintana