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Una lenta panorámica nos muestra primero unos edificios despersonalizados y modernos de un barrio suburbano, para después descubrir lentamente una gran ciudad que se yergue a lo lejos. Es París, sin embargo, esta ya no es la capital romántica y luminosa de antaño, de ella solo llegan ecos, se intuyen formas. Al final de la panorámica, descubrimos que la mirada pertenece a Pons (Régis Laroche), un militar retirado, que observa absorto el paisaje al mismo tiempo mientras fuma y espera a que vengan a buscar el cuerpo de su madre. Así Rabah Ameur-Zaïmeche sitúa el tono y el espacio donde sucede su séptima película que se presenta en Madrid por primera vez, después de haberse estrenado en la sección Caligary Film Award en la Berlinale de este año. En ella, el director argelino radicado en Francia, construye un relato con elementos del thriller de acción, poniendo como telón de fondo al barrio periférico de Bois du Temple, donde narra la historia del vecino de Pons, Bébé (Philippe Petit) y su banda, quienes deciden robar el dinero de un Príncipe árabe (Mohamed Aroussi), lo que desembocará en una historia de venganza.

Y como toda historia de venganza y crimen, esta es una historia de enfrentamiento moral. Zaïmeche opta por esbozar un retrato humano de Bébé y sus amigos, quienes, a pesar de haber cometido un crimen –el director decide ahorrarnos algunas de las situaciones de violencia explícita–, son guiados por propósitos sinceros de progreso y superación. A ellos enfrenta el arquetípico villano que encarna el Príncipe árabe, y sus hombres, dispuestos a transgredir cualquier límite moral con el fin de recuperar lo robado. En este contexto, donde la narración se construye más por las causas y efectos de las acciones de los personajes, que por la exploración psicológica individual de los mismos –ya que se ha decidido mostrarlos como si fuesen un grupo–, el director centra sus esfuerzos en describir este mundo a través de la mirada empática que dirige hacia ellos: basta citar la escena donde la artista Annkrist interpreta una canción de manera hipnótica mientras un Pons conmovido llora la muerte de su madre envuelto en el humo de sahumerio o la escena posterior en el bar donde los amigos presentan sus condolencias a Pons, mientras todo está revestido por la suavidad y el brillo de las luces del exterior, para intuir el punto de vista sublime que el director ha impreso sobre este universo.

Aunque en un principio la oposición entre el bien y el mal pueda ser entendida como elemento inherente de una estructura clásica dentro de la historia, o pueda ser relacionada también con géneros específicos como el thriller, es en sus gestos autorales donde se subvierten y ponen en juego estas ideas. El director de obras notables como Bled Number One (2006) o Adhen (2008), diseña un film que se asienta en un montaje y un ritmo más bien pausado; en la cualidad de ‘suavidad’ que posee la imagen, en el carácter de ‘fábula’ que imprime a la obra el uso de ligeros zooms in para introducirnos en las escenas, así como en las secuencias musicales manieristas que rompen con la estética del film, situándonos al final frente a una obra que reinterpreta, cuestiona y propone una nueva lectura de los códigos del cine de género desde la puesta en escena. Juan Esparza


La primera imagen de The Temple Woods Gang es la de un alto y blanco bloque de pisos. La cámara panea, mostrando varios edificios idénticos, hasta descubrir el no muy lejano centro de la ciudad de París. Los protagonistas, aunque esos edificios del apático blanco que tiñe sus vidas no lo dejen ver, viven en una de las ciudades más asociadas al lujo y al glamour del mundo. El director, Rabah Ameur-Zaïmeche, apenas necesita del guion, ni en sucesos ni en diálogos explicativos, para ahondar en la marginalidad de sus protagonistas. En el interior de las casas, habitualmente del mismo blanco monótono del exterior de sus paredes, los altos y estrechos marcos de las puertas crean incómodas composiciones que enclaustran y cortan a los actores, a quienes, en sus peores momentos, acompaña la torpe cámara al hombro. Sin lacrimógenos episodios justificantes, la opresiva verticalidad de los pisos, frente a la horizontalidad recurrente en otros escenarios, es todo lo que necesita el realizador franco-argelino para situar la posición de sus personajes. La vivienda de la periferia como jaula por dentro y como frontera intraspasable por fuera.

Evitando la excesiva argumentación, Ameur-Zaïmeche evita también el maniqueísmo. No falta humanidad en los personajes: amigos, hijos o padres ejemplares, pero no hay esfuerzo alguno en excusar sus actos. Sugerir que el crimen puede tener una explicación más allá de la pura maldad puede no ser necesariamente una justificación.

The Temple Woods Gang es un ejercicio de armonía en los contrastes. Una pandilla anárquica, sin líderes, contra un rey. El negro atuendo de la pandilla con el blanco de su entorno. La angustia de esa cámara temblorosa y la verticalidad frente a los calmados paneos horizontales, en una película que recurre habitualmente a las rectas unidireccionales o combinadas, ya sea para establecer la calma, para ilustrar la opresión de las celdas, metafóricas o reales, o para marcar jerarquía social. Todo esto en otra contraposición con la única escena de esparcimiento del rey al que los protagonistas osan robar en una pantalla nebulosa, casi vacía, en las que se intuye un espacio casi infinito para su disfrute. Sin líneas, sin celdas ni muros.

La temeraria pandilla protagonista atraca en plena noche la furgoneta del monarca árabe, sustrayendo un ostentoso botín y pecando de una ingenua confianza en no encontrar represalias. La venganza, con una facilidad pasmosa, va alcanzando a los impotentes miembros de la pandilla, aunque la película no deja de jugar con la ironía de una sorprendente ingenuidad que nunca se va del todo. Los miembros de la pandilla son hombres entrados en edad y con un amplio historial de crímenes, pero incapaces de entender que han apuntado demasiado alto. Su problema no es la falta de habilidad o de recursos, sino que hay un poder contra el que no puede el cayo ni la picardía, el poder que viene del otro lado del muro blanco frente al que nos situaba el arranque la película. Hasta el crimen entiende de clases. Daniel Escacha