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Fiel a sí misma como pocas otras, la filmografía del coreano Hong Sangsoo evoluciona en los últimos tiempos de forma callada y silenciosa, sin apenas llamar la atención, pero de manera bien interesante. Su nueva propuesta (el segundo film que entrega este año, tras presentar Introduction en Berlín) desvela, de hecho, algunas sutiles pero significativas novedades. Por un lado, la voz en off introspectiva de su protagonista, que va punteando el relato con pequeñas, breves y discretas intervenciones. Por otro, el carácter (aparentemente) más directo y lineal de la narración, si bien el cineasta no puede resistirse a incluir un epílogo que abre la puerta, de manera sutil, a una hipotética reinterpretación de todo lo anterior en clave onírica. También la ausencia de Kim Min-hee en la pantalla (compañera y musa del director, presencia constante en todas sus películas anteriores desde Ahora sí, antes no, 2015). Incluso el tratamiento fotográfico del color, más vivo y cálido que el de sus películas anteriores, así como la concentración temporal de la trama, encapsulada en solo 24 horas. Y, last but not least, la emergencia de un tema grave y doloroso (no haremos aquí un spoiler) que, poco a poco, va impregnando la evolución narrativa hasta emerger como razón de ser del retorno de la protagonista a su país natal para reencontrarse con su hermana y con su sobrino, regresar a la casa de su infancia y tener una entrevista con un cineasta, puesto que, antes de abrir un negocio en Estados Unidos (donde regentaba una tienda de vinos), había sido actriz en alguna película.

Y esa protagonista es Sangok (interpretada por una veterana actriz coreana: Hyeyoung Lee), cuyo itinerario de reencuentro con su pretérito familiar y profesional es escrutado por la cámara de Hong Sangsoo en largos, estáticos y emocionantes planos-secuencia que –esta es otra novedad— aquí casi prescinden por completo de los zooms que reajustan el encuadre y que nos resultan tan familiares en la estilística del cineasta. El resultado es la que quizás sea la película más desnuda, elocuente, directa y depurada de toda su carrera, retrato íntimo de una mujer que ajusta cuentas con su pasado imbuida de una filosofía vital optimista, convencida como está de que todo lo que tiene delante de sus ojos (de ahí el título del film) es el paraíso del presente, cuyo disfrute y aceptación le permite afrontar con luminosidad y vitalismo el difícil reto que tiene por delante. Se llega así a un largo plano-secuencia (con Sangok sentada enfrente del director de cine que le propone hacer juntos un cortometraje), que constituye –para este cronista— el plano más hermoso y emocionante de todo el festival junto con el que reúne a Jessica, protagonista de Memoria, con el pescador –igualmente sentados cara a cara junto a una mesa— en el instante epifánico decisivo de la obra de Apichatpong Weerasethakul. Dos planos que se hacen eco entre sí porque ambos cineastas confían, sin mover la cámara y respetando escrupulosamente el tiempo real, en que algo inaprehensible acabe revelándose y precipite una emoción desestabilizadora desde lo más profundo del encuadre.

Engañosamente sencilla y discreta, In Front of Your Face consigue conjugar, al unísono y sin estridencias, ligereza y gravedad, transparencia y elocuencia. Es el gran secreto de un cine que no es evidente, que no pugna por llamar la atención (en las antípodas del cine gritón y ampuloso de tantos otros) y que, muchas veces, paga un peaje por ello, puesto que incluso pasa por debajo del radar de un festival como Cannes, incapaz de detectar en esta hermosa obra de madurez y sedimentación la gran película que realmente es (relegándola a una sección paralela que el certamen se ha inventado este año) mientras llena su prestigioso escaparate principal (la Sección oficial a concurso) de trabajos tan correctos como intrascendentes, que han sido legión en esta edición (ahí están los filmes de Joachim Lafosse, Justin Kurzel, Nabil Ayouch, François Ozon, Saleh-Haroun, Catherine Corsini, Sean Penn, Kirill Serebrennikov, Asghar Farhadi, Ildiko Enyedi o Bruno Dumont, que son realmente muchos). Volveremos con más calma sobre este pequeño-gran milagro de película.

Carlos F. Heredero