Felipe Gómez Pinto
Si partimos desde una perspectiva posthumanista no está nada claro dónde comienza y termina un cuerpo. Ya sea desde un prisma antropocentrista y tecnológico, constituido como una extensión de la cognición y la percepción del cuerpo, o desde un punto de vista estrictamente biológico, se ha ido estableciendo una fractura en la dicotomía organismo/entorno, dando paso a un nuevo modelo de subjetividad totalmente opuesta a un Yo unitario. De este modo, se podría establecer que la unidad fundamental de la vida es la interconexión y la relación. Todas estas premisas están expuestas en un tejido multiorgánico dividido en tres episodios, tres atmósferas en las que la propuesta el realizador serbio, Dane Komljen, se acerca más a la indefinición que a lo sensorial.
¿Una pesadilla perversamente realista o una alucinación extendida? Las sombras de la identidad, el trauma o la fragilidad de la memoria se abordan desde una dinámica fragmentaria y un tanto hermética. Tanto en el seguimiento de la odisea del protagonista, Branko, el delirio comunitario en el bosque cerca de un embalse que data de la época socialista o en el fantasmagórico e irresoluble final ‘no-humano’, se perciben un gran cúmulo de virtudes técnicas (gracias a la fotografía de Ivan Marković y Jenny Lou Ziegel), pero que terminan por volverse esencialistas al sucumbir en el mismo dualismo que pretendían dinamitar. Una yuxtaposición de propuestas en la que toda la fuerza experiencial de las imágenes se pierde a lo largo de un forzoso ensamblaje de estímulos polarizados.











