Carlos F. Heredero
Se esperaba con enorme interés la nueva realización de la directora de La emperatriz rebelde (Corsage) (aquel notable descubrimiento de Un Certain Regard en el Cannes de 2022), pero su acercamiento al difícil tema de la pedofilia se pierde y se difumina a medida que su guion se atasca y se desvía por los caminos menos productivos de su trama. Lo más interesante de la propuesta reside en el personaje de la esposa (Léa Seydoux) que debe hacer frente al sobrevenido descubrimiento de que su marido está siendo investigado por archivar y difundir pornografía infantil. La sombra de que la afición del esposo por los niños haya podido extenderse a las relaciones con el hijo de la pareja golpea de manera irremediable en el imaginario de una madre obligada a gestionar un descubrimiento que, en principio, no concuerda con su vivencia matrimonial y con su percepción de las cosas. Seydoux mantiene con convicción y esfuerzo la evolución de su personaje, pero casi todo lo demás que la rodea funciona con mucha menos entidad: el retrato del marido acaba por resultar inconsistente, la irrupción de una trama paralela que se quiere resonante con la anterior (la problemática figura paterna a la que también debe enfrentarse la comisaria de policía que investiga el caso) no adquiere nunca peso específico propio y se siente en todo momento como una digresión que empobrece o desvía a la película de la materia dramática que hubiera podido resultar más interesante si el film se hubiera centrado con mayor rigor en la vivencia emocional de la esposa. Poco aportan, en tales circunstancias, las profesiones respectivas de ambos cónyuges (él, un realizador de televisión; ella, una compositora conceptual que aspira a ‘deconstruir’ partituras musicales creadas por hombres, según apunta una breve línea de diálogo meramente instrumental) y tampoco añade mucho una realización que nunca termina de crear la densidad necesaria para profundizar en el conflicto planteado. Una clara y triste decepción ante las lógicas expectativas que generaba.
Àngel Quintana
En Sospecha (1941), Alfred Hitchcock partía de la sospecha íntima basada en el miedo de una mujer de descubrir que el hombre al que amaba podía ser también una amenaza. La angustia nacía de la imposibilidad de saber si la verdad debía revelarse o permanecer oculta para preservar el amor. En Gentle Monster, Marie Kreutzer –directora de La emperatriz rebelde– parece recuperar esa misma idea y la desplaza hacia un territorio contemporáneo en el que el mal ya no se esconde tras la elegancia ambigua del melodrama clásico, sino detrás de la normalidad burguesa y las máscaras cotidianas. La película sigue a Lucy, una pianista interpretada por Léa Seydoux, cuya vida se derrumba cuando la policía investiga a su marido por posesión de material pedófilo. Kreutzer convierte la irrupción policial en una grieta. No solo entra la ley en el hogar, también la sospecha y la imposibilidad de volver a mirar a la persona amada con inocencia. Como ocurría en la película de Hitchcock, el verdadero terror surge cuando se descubre que el monstruo puede habitar el espacio doméstico.
Frente a Lucy aparece Elsa, la investigadora policial. Kreutzer establece entre ambas un juego de espejos. La pianista representa el dolor de quien no quiere aceptar la verdad; la policía, en cambio, encarna la necesidad de encontrar pruebas de la verdad. Elsa puede detectar el horror en los demás, pero es incapaz de afrontar plenamente las zonas oscuras de su propio padre enfermo. Lucy, por su parte, se aferra a las explicaciones absurdas de su marido porque asumir la verdad implicaría aceptar su derrumbe vital. La película no busca resolver un misterio policial clásico; le interesa más observar el dolor que produce mirar de frente aquello que preferiríamos ignorar. La verdad no libera a los personajes, sino que los condena a una forma de lucidez insoportable. Como en Hitchcock, el suspense nace de la duda, pero Kreutzer lo transforma en una reflexión amarga sobre nuestra capacidad de negar la evidencia para protegernos emocionalmente. La verdad implica aceptar que ninguna intimidad está a salvo del monstruo








