Jaime Pena

Los avatares del estreno de Sierra de Teruel son bien conocidos. La película que André Malraux había filmado en España en 1937 vio prohibido su estreno en Francia en 1938. Una versión remontada (sin los 19 planos finales y el añadido de un prólogo y algunos rótulos explicativos) se estrenó finalmente con el título de Espoir, como la novela del propio Malraux de la que partía. Estas dos versiones son las que ha restaurado ahora el CNC francés en 4K a partir de tres nitratos conservados, sirviéndose de los mejores planos de cada uno de ellos. La versión presentada en Cannes es la de 1937, con el añadido del prólogo de 1945.

Las complicaciones de un rodaje en pleno conflicto bélico y las carencias de la producción son bien perceptibles en las mismas imágenes, como si la película reprodujese en su misma materialidad las condiciones de lucha de los propios milicianos que la película retrata, empezando por la falta de municiones, cañones o aviación (esos motores que nunca llegaron por culpa de la política de no intervención de las potencias democráticas europeas). Por esa misma razón Sierra de Teruel tiene algo de pequeño milagro, una película que narra un episodio de audacia y solidaridad que ejemplifica las virtudes, pero también la inferioridad, del ejército republicano.

Así, sin saber muy bien cómo, en la película de Malraux se suceden una serie de secuencias antológicas, como la del francotirador en las calles de la ciudad o la del coche que se lanza contra un cañón alemán para destruirlo. Y, por supuesto, toda la secuencia del bombardeo, llena de momentos profundamente humanos (el paisano que es incapaz de reconocer su propio pueblo desde el aire, las miradas de los tripulantes cuando son conscientes de que el avión va a chocar contra las montañas) o poéticos (la bandada de pájaros que se cruza con el avión, esa hormiga que rodea el visor de la ametralladora).

Sierra de Teruel culmina con una de las secuencias más emocionantes de toda la historia del cine, la del rescate de los heridos y fallecidos del accidente del avión y en el que participan los vecinos de todos los pueblos vecinos. No es solo su fuerza estética, con el traslado de los cadáveres por las rocas y que evocan los descensos de la cruz o ese zigzag que forma la multitud que desciende de la montaña; es sobre todo esa expresión de solidaridad que se expresa una y otra vez, solidaridad internacional cuando se señalan las nacionalidades de los tripulantes del avión (francés, alemán, árabe, español), o solidaridad local cuando un joven cuestiona que se rescate unos cadáveres y un anciano le replica que aunque pueda parecer un gesto inútil él también echará una mano aunque solo sea para dar las gracias. La solidaridad que se sustancia en la lucha antifascista y en los valores republicanos.