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Carlos F. Heredero.

Han tenido que pasar dos años, desde que se estrenó en el Festival de Cannes de 2008, para que la última película de James Gray (Two Lovers) haya podido encontrar un humilde hueco en las pantallas comerciales españolas. Y lo hace precisamente ahora, cuando nos encontramos a las puertas de un nuevo Cannes, cuando los títulos que van a integrar lo más novedoso de la producción fílmica mundial van a ocupar, a partir del mes que viene, todas las expectativas de los aficionados, de los festivales, de la programación cultural y de la crítica internacional…, diferentes instancias para las que –en su gran mayoría– la realización de Gray queda ya muy lejos, casi como un recuerdo olvidado.

La paradoja vuelve a poner de relieve hasta qué punto la distribución comercial de muchas de las películas más interesantes o personales del cine actual encuentran dificultades para llegar, en tiempo y forma, a sus espectadores naturales, a los que –en el mejor de los casos– se les ofrecen cuando muchos de los aficionados más activos se han buscado ya mil formas alternativas –legales y paralegales– de llegar hasta ellas y cuando otras muchas han venido a sustituirlas en los reclamos de la más viva actualidad. La poderosa locomotora de Cannes, conformada casi siempre por el cine de autor más innovador y sincero, al que la Croisette le brinda año tras año el insólito y privilegiado altavoz mediático de su alfombra roja, volverá a tirar del tren con audacia y con visión de futuro, pero es de temer que los reflejos del mercado sigan siendo tan perezosos y tan conservadores como hasta ahora se vienen demostrando.

La situación dista de ser nueva, por supuesto. Desde hace ya mucho tiempo, las películas que se proyectan en las diferentes secciones del festival y en sus manifestaciones paralelas (Quincena de los Realizadores, Semana de la Crítica) alimentan el caudal cinematográfico que discurre, a lo largo de todo el año, por un conjunto heterogéneo de canales y ventanas entre los que las salas comerciales ocupan cada vez menos espacio. Algo de autocrítica les correspondería hacer también a estas instancias de la industria tradicional (distribución y exhibición) para poder entender qué esta sucediendo, realmente, en el universo del cine ante sus propias narices sin que ambas muestren apenas capacidad de reacción para resituarse en el nuevo escenario. A no ser, claro está, que hayan decidido ya tirar la toalla y confiarse, simple y llanamente, al maná providencial de los precios a los que se venden las entradas en 3D para poder mantener la continuidad de su negocio.

Así las cosas, no es de extrañar que Two Lovers (un film de hace dos años) sea este mes lo más interesante de las carteleras comerciales, al mismo tiempo que los aficionados más despiertos y los profesionales más abiertos a los nuevos contextos culturales están indagando ya con viva curiosidad para tratar de averiguar qué es lo que va proponer de más interesante esta nueva edición de Cannes con la esperanza puesta en que no tenga que ser otra vez más Godard (un cineasta a punto de cumplir ¡ochenta años!) quien vuelva a ofrecernos las imágenes más jóvenes y con más capacidad para sacudir nuestra mirada.