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¿A qué viene ese 3 del título, si en esta presunta saga de Eduardo Williams todavía no existe el 2? Quizá sea una manera de expresar un salto, una huida hacia delante, desde el momento en que, en efecto, El auge del humano 3 supone un cambio cualitativo importante respecto a su película anterior. La trama casi no existe, o bien se reduce a un contexto apocalíptico en el que pululan, se mueven, incluso migran unos cuantos jóvenes de los que no sabemos casi nada, más allá de sus conversaciones a veces crípticas, a veces conmovedoras en su capacidad descriptiva de un universo en descomposición pero a la vez dotado de una belleza descomunal, todo ello filmado en exteriores naturales de varios países –de Taiwan a Argentina pasando por Brasil o Sri Lanka–, desde el centro o la periferia de las ciudades hasta el corazón de la jungla. Parece que huyen de algo, seguramente de una serie de catástrofes naturales que asola el planeta, pero también que van en busca de otra cosa, acompañados por larguísimos travellings que siempre los filman en grupo, como mucho en pareja, en lo que supone una hermosa celebración del movimiento incesante, de la búsqueda sin fin. No hay intención esteticista alguna en esta ‘puesta en escena’ –o su negación–, sino más bien la decisión de perderse, de no dejar huella, de ir más allá de todo. Y tanto la indefinición de la imagen como el tratamiento del sonido consiguen crear una atmósfera envolvente, más allá de la narración y a la vez construida sobre mil y un relatos minúsculos que se superponen, como si se tratara de captar el pálpito de una colectividad en un momento determinado de la historia humana. A partir de ahí, nos podemos preguntar si Williams no hace demasiado explícito el ‘discurso’, la deriva y la confusión millennial, tanto en la estructura como en determinados ‘diálogos’ casi becketianos. También si no existe una insistencia excesiva, puede que un tanto autocomplaciente, en la repetición constante de determinados tropos y recursos. Pero de lo que no hay duda es de que esta es una película excepcional, única, que lleva al límite esa idea de la búsqueda incluso en la desintegración de las formas: en un momento dado, un plano fijo de larga duración deja paso a una cámara que va más allá de sí misma, que acaba filmando luces y formas más allá del estadio figurativo. Definitivamente, la belleza, las incógnitas de lo visible esconden otras muchas dimensiones. Carlos Losilla