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Cuando preguntan a Dustin si es un hombre o una mujer, su respuesta es que, para ella, un buen día es cuando se han dirigido a ella como ‘señora’. Resulta necesario partir de este instante: de sus distintos interlocutores, los que se centran en la pregunta se sorprenden de que no se ofenda ante la confusión; mientras que los atentos a su respuesta alaban el ingenio de una afirmación que podría convertirse en estado de Facebook. Para entender a Dustin es imprescindible atender a su contexto. Cada uno de los espacios en los que se desarrolla la trama permite explorar aspectos distintos de su identidad a partir de la interacción que ella hace con los demás.

Resulta crucial, para ello, la planificación de la primera secuencia: en una rave, las frenéticas e intermitentes luces de neón sumen en un caótico divertimento a quienes allí se divierten, hasta que se enciende la iluminación general del local, en una invitación para abandonar la fiesta que ofrece la desoladora imagen (ahora mucho más nítida tras desaparecer la neblina que empañaba la imagen) de lo que ocultaba la oscuridad del sitio. Mientras los personajes deambulan hacia otro lugar donde continuar la fiesta (la noche terminará bien entrada la mañana), un cierto desconcierto se apodera de la escena: estos jóvenes nocturnos no consiguen encajar en el ritmo de una ciudad diurna, en sus modos de vida y su convencional apariencia.

Dustin comparte este desajuste que no es solo social: su identidad también se encuentra cuestionada por el entorno al que pertenece. Es por ello que resulta tan importante el optimismo con que la directora Naïla Guiguet aborda este poliédrico retrato. Una aceptación de la diferencia donde la luz rescata las virtudes que quedaban a la sombra.