Carlos F. Heredero
La razón por la que esta bienintencionada denuncia de la impunidad policial en la represión de las manifestaciones ha llegado a la sección oficial de Cannes pertenece una vez más, simultáneamente, al autocondescendiente chauvinismo que el certamen practica con las producciones de su país y al territorio del cine ‘con tema’, de un cine en el que el discurso condiciona a priori la forma, de un modelo en el que las páginas del guion casi se pueden leer sobre la pantalla a medida que seguimos la investigación de una mujer policía (Léa Drucker) encargada de investigar los disparos de un grupo de antidisturbios que, casi a bocajarro, destrozaron la cabeza de un joven manifestante que ni siquiera les había increpado durante las protestas de los ‘chalecos amarillos’ en el París de 2018. El modelo narrativo no difiere en nada del de las infinitas series televisivas –de múltiples países– protagonizadas por mujeres policías a cargo de una investigación criminal; es decir, la propia de un procedimental canónico filmado por Dominik Moll sin personalidad, sin estilo, sin fuelle, con dócil transparencia ilustrativa, con moderada eficacia rítmica y con el consabido mecanismo identificativo entre la protagonista y la audiencia, siempre dispuesta a pasar por alto la desidia formal a cambio de ver sus ideas confirmadas –de principio a fin– por el desarrollo discursivo. Cine para que la pantalla nos ratifique lo que ya pensábamos antes de entrar a la sala; no para pensar, ni para dudar, sino para aplaudir un discurso con el que nos identificamos mientras pasamos un rato entretenido. Pobre bagaje.
Àngel Quintana
En 2020 se estrenó un documental titulado Un pays qui se tient sage, dirigido por David Dufresne, en el que se criticaban los abusos policiales llevados a cabo para reprimir el movimiento de los chalecos amarillos en Francia. El documental que fue nominado al César sirvió para sacar a la luz cuestiones como las torturas policiales, las represiones en las manifestaciones y los silencios administrativos. Con motivo de las numerosas críticas recibidas contra la policía, el Ministerio del Interior creó una comisión policial dedicada a investigar ciertas actuaciones que acabaron con pérdidas de ojos o amputaciones en algunos manifestantes. Dominik Moll parte de este contexto en Dossier 137 –realizada después del éxito de La noche del 12 (2022)– para realizar una contundente película de denuncia policial que acaba sacando a la luz la hipocresía de un país que crea comisiones éticas para luchar contra los abusos policiales que se producen en un Estado de derecho, pero que no puede penalizarlos porque comprometen el buen nombre de los cuerpos policiales. “Usted ha realizado un buen trabajo, pero su problema es que está llevando a cabo un trabajo inútil”, le dice en un momento de la película la madre de un niño que ha sufrido un traumatismo craneal a la policía encargada de llevar a cabo una investigación.
Al inicio de su película, Moll nos indica que la historia que cuenta es una ficción, pero admite que el contexto en el que inscribe la película es real. El 8 de diciembre de 2018, durante una manifestación de los chalecos amarillos por las calles de París, hubo numerosos heridos y se rompieron unos cuantos escaparates de los Campos Elíseos. Unos días después de los hechos, una policía, Stéphanie (impecable Léa Drucker) ha de investigar las causas que provocaron que un joven adolescente sufriera un golpe de bala de goma en la cabeza que le provocara una grave lesión craneal. Los responsables de la policía le indican que las acciones violentas de la policía se llevaron a cabo en una situación extrema para proteger a la República. Los posibles policías encausados en el caso mienten y solo se dedican a incriminar a los jóvenes manifestantes. Gracias a una grabación de video, la policía consigue averiguar cómo sucedieron los hechos y tiene pruebas suficientes para demostrar que la policía disparó directamente a la cabeza del niño. La verdad puede herir y la República Francesa debe defender su cuerpo policial, aunque este haya actuado al margen del respeto a los derechos humanos. Moll parte de estas premisas para preguntarse qué pasa cuando una mujer que conoce la policía por dentro es acusada de perseguir a sus compañeros, en vez de perseguir a delincuentes.
Moll realiza un thriller político contundente, que encuentra los matices necesarios para dotar de complejidad a la situación, apoyándose en un excelente guion y sentido narrativo. Moll quiere hacer una película de denuncia de la política de Emmanuelle Macron, pero sin obviar la complejidad de un movimiento que demostró, tras el descontento, no disponer de unas bases ideológicas fuertes. Por otra parte, la película es también una obra de género que no estaría demasiado lejos de cierto cine de denuncia característico de Sidney Lumet.








