Asuntos como la política de los autores, la ontología de la imagen, la especificidad del medio, los efectos de la puesta en escena y el montaje o la relación del cine con el realismo y la objetividad, esenciales para la crítica y la teoría modernas, y que siguen centrando el pensamiento sobre cine, han sido aplicados, sin embargo, durante mucho tiempo, privilegiando un horizonte histórico, social, político y geográfico muy preciso, sesgado y acotado. La puesta en valor, en las últimas décadas, de otras perspectivas teóricas ha colaborado a ir desplazando progresivamente ese centro para ampliar y revitalizar el marco de debate. Los estudios feministas y queer, las teorías posthumanistas, el campo de investigación de la ecocrítica o la corriente de los media archaeology, pero también las aproximaciones poscoloniales y decoloniales, la crítica racial o los estudios diaspóricos, entre otros, han incrementado no solo las preguntas que nos hacemos en torno a las imágenes, sino también las metodologías que empleamos para encontrar respuestas. Pero estas inquietudes permiten, sobre todo, ensanchar la mirada más allá de los grandes centros de producción y de las genealogías más consolidadas para seguir reconsiderando los lugares desde dónde se piensa el cine y recuperar las historias que han quedado fuera de los relatos dominantes. Sin abandonar aquellas preguntas siempre vigentes, pero tratando de reactivarlas desde otros espacios más amplios, buscamos también en Caimán CdC volvernos más porosos y, con ello, más atentos a la complejidad cultural, política, estética y sensorial de las imágenes contemporáneas, incorporando estas cuestiones a nuestra reflexión.
El estreno en salas este mes de La risa y la navaja, la nueva película del cineasta portugués Pedro Pinho, tras su paso por el Festival de Cannes, es de hecho una magnífica ocasión para afrontar la capacidad del cine de desmontar la mirada occidental desde dentro y de poner en evidencia nuestras más profundas ignorancias, torpezas y contradicciones. La película de Pinho nos coloca frente a las poderosas y siempre desiguales estructuras de poder que aún hoy ejercen las antiguas potencias coloniales en los países africanos. Pero la historia de Sérgio (Sérgio Coragem), un ingeniero portugués que llega a Guinea-Bisáu para trabajar en un proyecto de desarrollo en el marco de una ONG, no solo desmonta la mirada occidental mostrando las tensiones que el personaje atraviesa en relación a las condiciones propias del poscolonialismo, sino que se abre, bifurca y multiplica, en su apasionante y dilatado divagar hacia asuntos que tienen que ver, precisamente, con el cambio climático, la crisis del antropoceno o lo queer, “y su potencial de destrucción de los sistemas previos”, como dice el propio Pinho en la conversación con Yago de Torres que aquí publicamos.
La película de Pinho nos permite asimismo abordar en este número un repaso historiográfico a través del cine portugués que mira críticamente hacia el pasado colonial para certificar, además, que nuestros vecinos llevan años interrogándose de manera compleja y profunda sobre una cuestión que, como bien explica Anna Fonoll Tassier en su valiosísimo texto, no parece existir todavía en el panorama cinematográfico español contemporáneo de manera sólida ni mantenida en el tiempo. La propia Fonoll Tassier pone de relieve la reciente puesta en circulación de la colección Cine Colonial en PLATFO (https://platfo.es) como herramienta imprescindible para atestiguar la herencia colonial española: “Un legado no ficcional atravesado por una mirada eurocéntrica, sesgada y propagandística, indisociable del imaginario nacionalcatólico del franquismo”. Y quizá enfrentar ese legado pueda ser el primer paso para seguir descentrando nuestra mirada, no solo hacia otros territorios, sino también hacia las condiciones históricas y culturales desde las que hemos aprendido a mirar y los marcos desde los que todavía hoy interpretamos.
Jara Yáñez








