Carlos Losilla

¿Es Catorce noches una película sobre Jorge Oteiza? ¿O es una película sobre Oskar Alegria, su director? ¿O quizá sobre Iñar Sastre, el pianista que aquí se desempeña como organista? No se sabe muy bien y está bien que así sea. La película se estructura en catorce episodios mínimos o ‘noches’ que, más que abordar aspectos diferentes de la obra de Oteiza, dan vueltas sobre su figura dándole la vuelta y desfigurándolo, vaciándolo, intentándolo reducir a su esencia, como se dice en el propio film. No vemos más obras que los 14 apóstoles de la Basílica de Aránzazu, pero a la vez las vemos todas, pues lo que cuenta es imaginar, narrar, especular, como hace Alegria ante Sastre para que lo ilustre con su música y ante el espectador para que sean él o ella quien cree las imágenes finales.

Así pues, Catorce noches es una película hueca, el proyecto de una película, el esbozo de un film por venir que, de repente, toma forma ante nosotros. El cine como ausencia y agujero –otra palabra clave de la película– y el agujero como posibilidad de todo un mundo. Es algo en torno a lo que la cultura contemporánea no deja de merodear y que el film de Alegria hace explícito, quizá demasiado explícito, a veces demasiado solemne, pero también con un relumbrón poético del que el cine español, por desgracia, acostumbra a carecer. Pues bien, esa lucha entre la etiqueta y el agujero que la vacía es la esencia del film. Podemos tomarla o dejarla pero, en cualquier caso, nunca podremos evitar que nos posea aunque solo sea durante un tiempo.