Cristina Aparicio
Una lectura de Cute podría centrarse en los dos reversos que cohabitan en cada ser humano. En el yo y en el ello, las dos partes de la psique humana que, según Sigmund Freud, entran en conflicto entre lo consciente y lo inconsciente de los deseos. También habría cabida aquí para dicotomía público-privado, lo performativo de vivir en sociedad a partir de la imagen construida para ser vista. Todas estas dualidades trasladadas a la puesta en escena sirven para abordar un tabú al que es muy difícil aproximarse sin salir ileso del él. Sin embargo, hay otra forma de leer el film de Marlene Emile Lyngstad, y es la que tiene que ver con la elección del punto de vista. Porque Cute expone los claroscuros de su protagonista, un hombre en permanente conflicto por el deseo que siente por niñas pequeñas, y, a la vez, se sitúa demasiado cerca de él, o, más bien, con él. De vuelta otra vez a la puesta en escena, los elementos que acompañan este relato dejan claro que la elección del punto de vista es quizá algo más que descriptiva: desde la paleta cromática (siendo rosa el color fetiche de la propia película), la erótica que emana de cada inocente movimiento, el desproporcionado número de helados que todos los personajes no dejan de tomar… Cute resulta estar demasiado cerca de lo que expone, dejando a un lado la condición de film-tesis, y ostentando una posición mucho más incómoda y peligrosa, equivocando quizá el papel de víctima, porque ese siempre (siempre) es el que ostentan los más vulnerables.











