Matthew Rankin presentó en la Quincena de cineastas de Cannes su nueva película, Universal Language, que se alzó con el premio del público. Rankin muestra, a través de una mirada única y personal, una serie de historias que destacan por su inocencia, empatía y valentía. Los niños jugando en un mundo de adultos, la picaresca y la jovialidad están muy presentes durante toda la cinta, en la que la línea entre infancia y adultez se desdibuja, evocando a cineastas como Abbas Kiarostami en su exploración de la juventud.

En una localidad misteriosa y surrealista entre Teherán y Winnipeg, se encuentra la comunidad iraní que protagoniza la cinta. El maestro recorre el camino a la escuela en un plano fijo general, mientras la cámara fija espera pacientemente el transcurso del trayecto. Un momento que recuerda al humor absurdo de Wes Anderson en películas como Moonrise Kingdom (2012) o Life Aquatic (2005), en las que el encuadre y los contrastes de volúmenes provocan la comicidad de la escena. En este caso, esta se da por la diferencia física entre personas y edificios o la ridiculez del tiempo de espera. Este comienzo, acompañado por la secuencia de la clase, define desde el principio el tipo de humor que se desarrolla a lo largo de la película, determinado por aspectos formales, y alinea emocionalmente tanto a los niños como al espectador a raíz de la percepción del profesor, permitiendo al espectador formar parte de esa clase como si fuera un niño más. Los gags inundan la cinta, formando una serie de sketches interconectados. Otro ejemplo de esta formalidad es la escena de la oficina, donde el montaje provoca un juego de saltos de eje desvelando en cada uno lo que quedaría oculto. Crea un diálogo entre lo visible y lo invisible que convierte el llanto del personaje en la risa del espectador.

La película se mantiene fresca y natural gracias al trabajo con los actores, la mayoría de ellos no profesionales, quienes participan activamente en el proceso creativo. Esto aporta vitalidad y autenticidad con escenas tan genuinas como la del vendedor de pavos cantando. Estos pavos no solo suponen el elemento cómico recurrente y original, sino que también funcionan como metáfora representando la búsqueda de comunidad, hogar, conexión y amistad. Los pavos, que acaban desplazándose en bandada, simbolizan a ese pueblo iraní que busca su sentido de pertenencia. Una película tierna y divertida, que encuentra su propio idioma con un pulso certero y que demuestra que no hay mayor lenguaje universal que la comedia.

Clara Tejerina