Carlos F. Heredero
Basada en una historia corta de Ben Shattuck (coguionista también del film), la película del sudafricano Oliver Hermanus cuenta una historia de amor homosexual entre dos hombres que, durante el verano de 1919, viajan por los parajes rurales de Nueva Inglaterra recogiendo y grabando, en primitivos cilindros de cera, las canciones populares y cotidianas de la población autóctona a fin de inventariar y conservar el patrimonio musical de la zona desde sus propias raíces y con sus voces genuinas. El relato, conformado y planteado en términos más pretendidamente líricos que narrativos, hace pensar de inmediato en algunos de los procedimientos habituales del cine de Terence Davies, pero allí donde la aleación de imágenes y música generaba una densidad propia y una emoción genuina en las películas del británico, aquí la puesta en escena de Hermanus carece de la convicción y de la capacidad de resonancia que demanda un vaciado dramático y narrativo como el que su película parece pretender al encomendarse –sobre todo en su primera parte– al encadenado entre música, narración subjetiva en off y acción narrada en tercera persona.
Quedan entre medias algunos destellos aislados de incipiente emoción que casi nunca acaba por encontrar su forma visual más allá de la ilustración parsimoniosa del guion, a la postre mucho más convencional de lo que parece –y con no pocos lugares comunes– a la hora de contar la historia pasional entre los dos protagonistas. Da la impresión, además, de que el cineasta no sabe cómo terminar su película, que se prolonga al final en varios giros –uno tras otro– hasta llegar a un previsible desenlace. Y tampoco la interpretación de Paul Mescal, artificiosamente contenido en su gestualidad y muy limitado de registros, ayuda demasiado, mientras que Josh O’Connor consigue inyectar en su personaje una mayor dosis de atractivo y de misterio emocional. El indudable esfuerzo estilístico del film se queda, por todo ello, a medio camino.
Àngel Quintana
Oliver Hermanus, director de Living (2022) el cuestionable remake de Vivir (Ikiru, 1952) de Kurosawa, empieza The History of Sound evocando Silver Dagger, una canción tradicional que años después cantaría Joan Baez. Lionel y David son dos jóvenes que han dejado su hogar para estudiar música en la universidad, su objetivo es explorar el folklore tradicional, recolectar canciones para la memoria y difundirlas. Lionel y David llevan sus investigaciones en los años de la primera guerra mundial y podrían ser los precedentes de los músicos que dieron forma al nacimiento del folk americano en los años cincuenta. Oliver Hermanus deja que las canciones marquen el intercambio de emisiones entre dos hombres que acabaran amándose y teniendo relaciones. En los momentos finales hay algo que nos puede evocar las primeras películas de Terence Davies, como Voces distantes (1988). No obstante, a medida que la película avanza se imponen las lógicas del melodrama. La guerra separa a los amantes y después serán los destinos vitales los que acabarán convirtiendo la experiencia de juventud en algo remoto. Oliver Hermanus filma las emociones a ritmo pausado, demasiado pausado, como si quisiera construir una historia preciosista. En la segunda parte de la película cualquier sombra del cine de Terence Davies desaparece, continúan algunas canciones, pero todo acaba difuminándose, el melodrama acaba encartonándonos como si estuviéramos ante una película de James Ivory –pienso, por ejemplo, en Maurice (1987)– o ante un film clásico de amores truncados por la vida con epílogo sentimental incluido. Oliver Hermanus se queda a medio camino de sus objetivos, rueda una película que quiere ser bella pero que acaba siendo cansina, como si algo se hubiera estancado y la ambición de la propuesta quedara diluida.








