Javier Rueda
La expresión “conseguir la cuadratura del círculo” que remite al hito cuasi-inverosímil de encajar una estructura incompatible con otra, bien podría aplicarse a ese complejísimo proceso de transición democrática que debió integrar la heterogeneidad de la sociedad española y fundamentalmente, superar los tics institucionales heredados de la dictadura franquista. La novela de Javier Cercas Anatomía de un instante, que ahora adapta en formato miniserie Movistar se aproximaba al golpe de Estado de 1981 desde las aristas de aquel intento de involución política.
Los cuatro capítulos que definen la estructura de la ficción de Alberto Rodríguez (dirección y escritura) junto a Rafael Cobos y Fran Araujo (coguionistas) y con la colaboración del propio Cercas reproduce esa figura geométrica del cuadrado con sus cuatro esquinas equidistantes y de ortodoxa pulcritud. Una explicita fidelidad al texto de partida, hasta en los títulos de los capítulos (menos en el primero de Adolfo Suárez) condiciona cierta lectura conservadora, entiéndase aquí una asunción de la historia oficial sin cuestionamientos, de las figuras de Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y el General Gutiérrez Mellado, quienes reciben un tratamiento narrativo idéntico en sus figuras, como si la importancia de los tres fuera la misma y con una operación de camuflaje de la figura del Rey Juan Carlos I. Una primera parte de exposición de su pasado (un exfalangista, un comunista y un exgolpista), una segunda donde se describe su transformación y la tercera, la pérdida por parte de los tres (el gobierno, el hundimiento del PCE y la pérdida del favor del ejército, respectivamente) de su lugar político y su sacrificio en aras de la democracia; la historia oficial. Esta higiene narrativa se traduce en un lenguaje audiovisual igual de convencional, que remite a la superficialidad. Las escenas en el hemiciclo del instante del golpe de Estado recurre a funcionales y repetitivos usos del ralentí que trasladan la narrativa de la épica y heroicidad de sus protagonistas, pero que anula cualquier lectura esquinada o incómoda de ese ataque a la democracia.
Alberto Rodríguez acumula multitud de letreros y carteles informativos para ubicar al espectador (especialmente fatigoso y confuso resulta ese segundo capítulo sobre el exilio de Carrillo en Francia) e ilustrar los hechos sin ninguna profundidad formal. El General Gutiérrez Mellado y su pasado golpista se fulmina en una secuencia de quince segundos en el tercer capítulo y el juicio final del último capítulo abraza la caricatura para eludir otras lecturas menos complacientes. En definitiva, una adaptación excesivamente ortodoxa, ilustrativa y académica, en la que el cuadrado de las líneas oficiales aparece contundentemente trazado pero en el que no hay rastro de los pliegues y contradicciones del círculo. Cuando la corrección es un lastre como en este caso, seguiremos esperando por una ficción más audaz, cuestionadora y estimulante.











